Cecilia estaba segura de que a Mónica la habían movido de lugar.
Si revisaban las cámaras de la zona, ahí iba a salir.
Siguió buscando en los monitoreos de alrededor, hasta que por fin vio a una mujer y a un hombre saliendo con una maleta grande.
—¡Mónica tiene que estar adentro de esa maleta! —dijo Zacarías.
—Sí. Una maleta normal no pesa así… a menos que traiga a alguien adentro.
A los dos se les apachurró el estómago de la pura mala espina. Si de verdad llevaban a Mónica en una maleta… ¿para qué?
¿Para deshacerse de ella?
¿Y si a Mónica ya le había pasado algo?
Al final, hasta en un congelador se puede esconder un cadáver. Ese hombre y esa mujer… seguro ya lo habían hecho antes.
Siguieron rastreándolos. La pareja se subió a un carro, pero el vehículo fue saliendo de la ciudad; ya casi no había cámaras y terminaron perdiéndoles el rastro.
—
Cuando Mónica volvió a despertar, se dio cuenta de que estaba en una lancha.
Además de ella, había otras tres personas: dos hombres y una mujer.
—¿Dónde estamos? —preguntó Mónica.
Miró alrededor. Parecía que iban por un río… ¿la iban a pasar de contrabando?
—¡Suéltenme! ¡Me quiero ir a mi casa! ¡Suéltenme! ¡Díganme cuánto quieren, yo se los pago! ¡Suéltenme!
—¡Cállate! —un tipo con una cicatriz sacó una pistola y se la apuntó a la cabeza.
—Si sigues gritando, te vuelo la cabeza.
Mónica estaba muerta de miedo. La pareja que la había vendido ya no estaba; ahora era otro hombre.
Y, aparte de él, tenía varios tipos con él. Cada uno traía un rifle tipo AK y se turnaban para vigilar alrededor.
—¿A dónde nos van a llevar? —preguntó Mónica.
—¡No preguntes!
Mónica se quedó callada. Sentada en la cama, volteó a ver a los otros tres.

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