—¿Y qué quieres? —preguntó Cecilia.
—En realidad es simple: déjame a ese hombre.
Cecilia alzó una ceja, divertida.
—¿“Déjartelo” cómo?
—Lo enamoras, lo llevas a mi cama y me lo dejas una noche. Con eso ya no te cobro la otra. Si no, no te voy a perdonar.
A Cecilia se le escapó una risa.
Casi siempre era al revés: hombres queriendo a mujeres.
No se imaginó que esa tipa estuviera obsesionada con Saúl y quisiera acostarse con él.
—Lo siento, pero eso no te lo voy a cumplir.
—¿Cómo? ¿No quieres?
—No es que yo no quiera. Es que aunque lo llevara a tu cama, aunque te encueraras enfrente de él… no le vas a interesar.
Lisa se puso furiosa.
—¡Me estás humillando!
Cecilia se encogió de hombros.
—No te estoy humillando. Te estoy diciendo la verdad. Y te lo digo por tu bien: si intentas algo así, te va a ir muy mal. Él no es alguien con quien convenga meterse.
—¡No digas mamadas! Es puro pretexto porque no lo quieres compartir. Si no accedes, entonces te me hincas y me pides perdón. Y con eso te dejo en paz.
Los ojos de Cecilia se afilaron; su mirada se volvió cortante.
Hasta la amiga de Lisa se asustó.
—Quítate —le ordenó Cecilia, seca.
—Me engañaste y todavía te haces la digna. A ver si hoy no te doy tu merecido.
Lisa levantó la mano para soltarle una cachetada.
Cecilia le agarró la muñeca al vuelo y la jaló de golpe hacia el baño.
—¡Suéltame! —Lisa no esperaba que Cecilia tuviera tanta fuerza.
La amiga se quedó helada y corrió detrás.
Cecilia arrastró a Lisa hasta uno de los cubículos y cerró la puerta.
Lisa empezó a chillar.
—¡No! ¡No, por favor!
—¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Auxilio!
Luego se escuchó el ruido del agua salpicando.

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