Eso sí había sido Saúl. Cuando le rasgó la ropa, la alcanzó a arañar sin querer.
Ainhoa lo vio y ya no dudó.
—Hoy vi que ustedes dos ya están irreconciliables. Con esto, ¿cómo crees que él te vaya a tolerar después? Te dije que te acercaras bien a él y mira nada más en qué acabó.
—Perdón, tía… él no me quiere. Lo hizo para humillarme. En su cabeza solo existe Cecilia. Haga lo que haga, nunca vamos a poder llevarnos en paz —dijo Anaís, con voz lastimera.
—¡Inútil! —escupió Ainhoa, fría, y se fue.
Anaís apretó los dedos. Le ardía de coraje.
-
Bar.
Saúl fue solo a tomar.
Después de enterarse de la verdad, no podía evitar sentirse triste.
La única calidez que tuvo de niño… había sido una mentira.
Su mamá no confiaba en él.
Su papá tampoco lo quería.
En ese momento, de verdad se sentía como si no tuviera a nadie.
Cecilia entró al bar, barrió el lugar con la mirada y por fin lo vio en un rincón.
Ella lo sabía: él era así.
Por fuera se hacía el fuerte para no preocuparla, pero por dentro le importaba más que a nadie.
Cecilia se acercó y le tomó con suavidad la mano que tenía sobre la mesa.
Al sentir ese calor, Saúl alzó la vista y miró a Cecilia.
El dolor en el pecho pareció aflojar un poco.
Menos mal que todavía la tenía a ella.
Al final, quizá solo le quedaba ella.
—¿Fuiste a ver a Anaís? —preguntó Cecilia.
—Sí.

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