Mientras Cecilia se quedaba pensativa, Saúl ya le había tomado la mano.
—Vámonos. Ya es hora de irnos a la casa.
De vuelta en el departamento, Cecilia se fue a bañar.
Saúl se paró frente al ventanal y le marcó a Dante.
—Investiga a Anaís. Tenla bien vigilada. Quiero saber qué hizo en los años que se fue al extranjero.
—Saúl… ¿qué estás pensando?
—Debe haber alguien más detrás. Sospecho que lo de mi secuestro de hace años… y que quedara discapacitado… tiene que ver con ella y con quien la está moviendo.
—Va. Entendido.
—¡Saúl! —se oyó de pronto la voz de Cecilia detrás.
Saúl se volteó y la vio salir.
—Saúl, ¿qué onda? Juraría que escuché una voz de mujer. ¿Con quién estás? Ya es tardísimo —preguntó Dante, metiche.
—Con la señorita Galindo.
—¿Ya viven juntos?
—No es tu asunto —le soltó Saúl, de mala gana.
—Está bien, está bien. Ya no pregunto. Mira nomás… el “solterón” ya estrenó. Felicidades.
—Cállate —gruñó Saúl, y le colgó.
—¿Ya terminaste? —preguntó Saúl, con voz suave.
—Sí. Yo ya me voy a dormir. Tú ve a bañarte.
El aroma del jabón, dulce y fresco, le llegó de golpe a Saúl y lo dejó tenso.
Luego él también se metió a bañar.
Cuando volvió al cuarto, Cecilia ya estaba dormida. No prendió la luz.
Nada más levantó la cobija con cuidado y se acostó a su lado.
La abrazó por detrás, despacio.
El olor de ella le pegó directo y Saúl sintió que el cuerpo se le encendía.
Hasta parecía que la sangre le hervía.
«Si pudiera quedarme así, abrazándola siempre…»
Cecilia sintió que alguien la abrazaba por la espalda; seguro era Saúl.

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