—¿Neta? Con lo feo que te trató, ¿todavía vas a insistir?
Lisa se mordió el labio y sonrió, torcida.
—¿Y qué? Aunque sea “de a gratis”. Con un hombre así, yo gano. ¿O no?
—Mmm… pues sí. Esos casi no existen. Y si en la cama… capaz y hasta te deja temblando. Jajaja.
Por eso Lisa no pensaba soltarlo.
Fue con el mesero y le pidió que le llevara otra ronda a Saúl.
Además, le dejó varios billetes de propina.
—Al de allá ya se le acabó. Ve y llévale más.
El mesero asintió y fue con las copas.
—Señor, su trago —le dijo, dejándolo en la mesa.
Lisa y su amiga empezaron a especular desde lejos.
—¿Qué le echaste? —preguntó la amiga.
Lisa se rió.
—Algo para que se le suelte la cabeza. Cuando se ponga bien tomado, lo llevo a un cuarto de descanso… y ya, solito se va dando todo.
La amiga le levantó el pulgar.
—No, bueno. Tú sí sabes. Oye, ya que lo “pruebes”… ¿me lo prestas tantito?
—Va. Luego te aviso.
Estaban bien contentas cuando, de pronto, escucharon una voz detrás.
—Andarle echando cosas a la bebida de alguien para obligarlo… eso es una cochinada.
Quien había llegado era Cecilia.
No se imaginó que alguien estuviera intentando aprovecharse de Saúl.
—¿Y tú quién eres? ¿Qué te importa? Mejor no te metas —dijo Lisa, despectiva.
—A ver, señorita. ¿Qué tal si apostamos? Yo sin drogarle nada, puedo hacer que ese hombre caiga.
Lisa la escaneó de arriba abajo. Cecilia no iba “arreglada” como ellas.
¿Y ésta según qué?
—No manches. Ese tipo está helado. A mí ya me mandó al demonio. ¿Tú sí vas a poder?
—Sí.
—Va. Si tú lo logras, me arrodillo y te digo “jefa”.
—Va. Trato hecho.

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