Cecilia recordó lo que le dijo Mónica: Saúl ya no aguantó y se desmayó.
Desde que ella salió del quirófano, ni siquiera lo había buscado.
Se había enfocado por completo en Lorenzo… y lo dejó de lado.
La culpa le apretó el pecho.
—Está bien, ya entendí. Gracias, Esteban.
…
Bar.
Saúl estaba en un rincón, tomando solo.
Traía la cabeza hecha un desmadre.
Tenía mucho que no se sentaba a beber así, sin nadie.
Lo habían destituido, Cristian lo había rechazado… y del lado de Cecilia, estaba Lorenzo, entregándose por ella con una terquedad brutal.
Sentía que nada le salía bien.
Trago tras trago, lo único que se metía era pura amargura.
Entonces una mujer se fijó en él.
Llevaba rato observándolo: tenía dos horas ahí y nadie se le había acercado.
Concluyó que venía solo, por algo que traía encima.
Eso no era lo importante. Lo importante era que estaba guapísimo. Entre toda la gente del bar, lo vio y lo eligió al instante.
—Lisa, ¿ya se te antojó ése? —le preguntó otra mujer.
—Sí. Tenía rato sin ver a un hombre tan guapo. Está de lujo… y seguro en la cama también ha de ser de lo mejor.
—Jajaja… suena bien, pero ¿tú crees poder con él?
La tal Lisa sonrió, confiada.
—Claro que puedo. Si yo sé cómo. Y mira: un hombre así, cuando anda tomando solo, está triste por amor o por chamba. Si es por chamba, fácil: lo consuelo tantito. Y si es por amor, mejor: seguro trae el corazón hecho pedazos. Con que aparezca alguien que lo escuche y lo deje soltarse un rato… se le baja.
—Lisa, neta qué brava eres. Pero tú ve y calalo. Yo la verdad siento que ese tipo está difícil… con ese aire frío, siento que ni me acerco y ya me congelé.
Lisa tomó su copa, sonrió coqueta.

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