A Cecilia se le apretó el pecho. Le dolió… de pura preocupación.
Y también de agradecimiento.
Resultó que a él sí le importaba, y mucho.
—Te estoy diciendo todo esto y tú ni hablas —reclamó Mónica.
Cecilia levantó la mirada y de pronto se tocó el estómago.
—Tengo hambre.
Mónica puso los ojos en blanco.
—No bueno… te echo todo el choro y ni sé si me escuchaste. En fin: si tienes hambre, come. Sé que no habías probado bocado. Te lo dejé listo, órale.
Se volteó para ir por la comida, pero ni alcanzó a tocarla: Zacarías se adelantó y le acercó los recipientes.
—Yo te lo abro —dijo, bien puesto.
Mónica se quedó pasmada.
Además, le acomodó el tenedor y dejó servilletas a un lado. Tan atento que Mónica no entendía nada.
—Está bueno… ¿quién lo hizo? —preguntó Cecilia.
—Claro que… Zacarías fue por ello a Fuego y Aroma —dijo Mónica, mirando a Zacarías de reojo.
Zacarías le habló suave a Cecilia:
—Si te gustó, te traigo más.
—No, con esto tengo.
Esa vez, Cecilia sí comió bastante.
Cuando terminó, Zacarías le pasó las servilletas de inmediato; casi casi le faltaba limpiarle la boca.
También juntó y ordenó los recipientes.

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