—No es tu problema.
—¿Y ahora qué te hice? De veras, contigo uno nunca sabe.
—Sí, soy un desastre, ya. Y te aviso algo: no porque seas mi prometido vas a venir a mandarme. Ese compromiso lo arregló mi papá; yo no lo acepto. Tú vienes conmigo.
Zacarías se quedó sin palabras.
No tenía idea de en qué momento la había regado.
—¿Seguro que no quieres que vaya contigo? Luego no me vayas a culpar si te pasa algo.
—Te juro que no te voy a culpar. ¡Y si lo hago, que me parta un rayo! —soltó Mónica, encaprichada.
Zacarías se quedó ahí, negando con la cabeza.
Cuidar mujeres había resultado ser la misión más difícil de su vida.
—
Hospital.
A Nuria Galindo le costó un mundo entrar, y en cuanto pudo, fue directo a ver a Lorenzo.
Llevaba días sin ir a la empresa; había un montón de asuntos atorados.
Y ella, siendo su secretaria, ni siquiera sabía qué le había pasado.
Hasta ese día se enteró de que Lorenzo estaba enfermo y hospitalizado, así que fue de inmediato.
Yolanda la vio y le cerró el paso.
—Nuria, no puedes entrar.
Nuria se molestó.
—¿Por qué no? Soy la secretaria del director Urbina. Tengo cosas de trabajo que ver con él.
—Ahorita no. El director Urbina está delicado y el doctor dijo que no lo molesten. Mejor vete.
—Perfecto. Entonces no es por trabajo: vengo por algo personal. ¿O qué? ¿Está enfermo y ni siquiera puedo pasar a verlo un segundo?
—No —insistió Yolanda.
Nuria tenía ganas de soltarle una cachetada, pero sabía que Yolanda era fuerte.
Y si de verdad la hacía enojar, era capaz de cualquier cosa.

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