—¿Castigo? Ja. ¿De verdad existe eso? ¿De verdad?
—Claro que existe. La gente que hace tanto daño tarde o temprano la paga.
—¡Ja, ja, ja, ja! —Valeria soltó una carcajada desquiciada.
Siempre había sido elegante y correcta. Nunca se había visto así.
Pero ese día fue la excepción.
En los ojos le brilló el rencor, mezclado con envidia.
—Si de verdad hubiera castigo… ¿por qué ese hombre no se muere? ¿Por qué? ¡Esta casa debió ser mía! ¡Mía!
—En su momento, él no era más que un arribista que dio el braguetazo con nuestra familia. Fuimos nosotros, la familia Ledesma, quienes le dimos todo: estatus, comodidad, oportunidades. ¿Y ahora qué? ¡Ya no queda nada de la familia Ledesma! Todo ese patrimonio enorme terminó en sus manos… y ahora lleva el apellido Rivas. ¿Quién se acuerda de la familia Ledesma, que antes era tan respetada? Les fallé a mis papás… les fallé a los míos… —se quebró—. No… no…
Dalila se espantó y de inmediato le tapó la boca.
—Señora, ¿cómo puede decir eso? Si alguien lo oye y se lo lleva con el señor… se arma un infierno. Ya, por favor, no diga más. Se lo ruego.
Valeria soltó una risita fría.
—¿Y a estas alturas todavía voy a tener miedo? Ya estamos como estamos. ¿Qué más puede pasar?
Dalila la miró, hecha pedazos, y le dio un vuelco el corazón.
Con ese cuerpo… con ese coraje… al día siguiente seguro iba a amanecer enferma.
…
Hospital.
Después de un día y una noche completos en quirófano, por fin se apagó la luz de la sala.
Cecilia salió, agotada.
En cuanto se abrieron las puertas, se desvaneció.
—¡Cici! —Saúl alcanzó a sostenerla.
Cecilia estaba pálida.
Un par de médicos que habían asistido dijeron, apurados:
—Llévenla a descansar ya. Pónganle suero con nutrientes. La señorita Galindo está reventada.
En realidad, ellos también llevaban “peleando” un día y una noche. Estaban igual de fundidos.

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