—Cállate. ¿Quién te dio la palabra? Somos del mismo departamento; hacerle un favor a los compañeros no te cuesta nada. Últimamente todos han estado bien cargados y tú, que eres la que menos trae encima aquí, vas y vienes. Ve por el café. Y si no quieres, entonces tú invítales a todos —dijo Liliana.
—¿Y por qué los voy a invitar yo? Yo ni dije nada. ¿Qué tengo que ver?
Aarón, muy campante al lado de Leticia, soltó:
—Maribel, te lo digo de una vez: si te metes con Leticia, te va a ir mal. Leticia es hija del director.
Eso a Mónica le prendió todavía más el coraje. Ella era la hija de verdad y aun así nadie le creía.
—Ya, ¿qué tanto? Maribel, te lo ordeno como tu jefa: ahorita vas y compras el café. Si no quieres trabajar, entonces lárgate; nadie te está obligando. Para una cosa que se te pide, ni eso —sentenció Liliana.
El puesto pesaba.
Liliana era su jefa directa; Mónica no se podía dar el lujo de desobedecer.
No le quedó más que salir a hacer el mandado.
Ya afuera, Mónica iba de malas.
Sacó el celular y le marcó a su mamá, Karina Cabrera.
—Mi amor, ¿y esa llamada? ¿Te pasó algo en el trabajo? —preguntó Karina, preocupada.
Desde que la tuvo, Karina quedó delicada y ya no pudo embarazarse otra vez. Mónica no quería que se preocupara.
—No, nada. Oye, mamá, nada más quería preguntarte: ¿tenemos algún pariente de apellido Herrera?
Karina se quedó pensando un segundo.
—No, en la familia no hay nadie Herrera.
—¿Y del lado de tus papás? ¿Tampoco?

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