En cuanto Leticia terminó de hablar, miró a Mónica a propósito.
—Maribel, qué buena onda que hoy les compraste café a todos. ¡Pero en la noche sí vienes, eh!
—Ni lo sueñes. No tengo tiempo —Mónica la bateó sin rodeos.
Leticia creyó que, con su “invitación”, Mónica se le iba a pegar como los demás.
Pero no. La dejó en ridículo frente a todos.
«Esta Mónica de verdad no entiende… ni sabe medir el terreno», pensó.
—Maribel, Leticia te está invitando de buena fe y hasta está dejando el pasado atrás. ¿Y tú todavía la rechazas? ¿Qué manera de contestar es esa? —saltó Aarón, el lambiscón de siempre.
—¿Y qué? ¿Porque me invita ya tengo que ir a fuerza? ¿Quién lo dice? Aarón, si tú quieres estar de arrastrado, es tu bronca. Yo no.
—¿Arrastrado? No te pases. Te aviso que es el Fuego y Aroma; conseguir un karaoke ahí no es nada fácil. Gente sin nivel como tú ni sabe de qué habla. Por eso te vas a quedar toda la vida igual.
—¿Que no sé? A ver, te informo: yo iba al Fuego y Aroma seguido, ¿ok? Tan bien me lo sé que camino ahí con los ojos cerrados.
Mónica estaba que echaba humo.
Antes, cuando salía con Cecilia y los demás, siempre iban ahí… y encima a los salones más exclusivos. Era parte normal de su vida.
Pero para ellos, entrar al Fuego y Aroma era como un logro de otro mundo.
Los que vivían en su burbuja eran ellos.
Aun así, lo que dijo Mónica solo les provocó otra ronda de sonrisas burlonas.
—Trae una película bien cañona… ya se cree hija del dueño.
—Yo digo que el trabajo ya la tronó. O lee demasiadas novelas.
—Qué pena ajena… la vergüenza que da es de otro nivel.
Aarón se soltó a carcajadas.
—¡No, no, no! ¡Neta véanla! ¡Está loca!

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