A Leticia le cayó pesado que la frenaran; por dentro estaba molesta, pero por fuera puso cara de víctima.
—Perdón, me equivoqué.
Ese numerito de “pobrecita” hizo que varios salieran de inmediato a defenderla.
El primero fue Aarón, como siempre.
—Maribel, si Leticia te pidió que compraras café para todos, pues ve. ¿Qué te crees? ¿No puedes hacer un mandado?
Mónica lo miró con frialdad.
—Pues si tanto te urge, ve tú. Si tú quieres quedar bien, allá tú; yo no.
Además, Leticia ni siquiera era hija del director. La que sí lo era, era ella.
No iba a consentir a una mujer así de presumida.
—Te pasas, Maribel. Va, eres rara y no convives, pero hacerle un favor a los compañeros… ¿por qué esa actitud? Como si alguien te debiera algo.
—Sí, Leticia te lo pidió porque te está dando chance. Una señorita de familia nos invita café; es un honor. ¡Ya apúrate!
—Desde que entró Leticia, ella siempre la trae atravesada… ¿qué, le tiene envidia?
—Pero ni para qué: hay gente que nace con suerte. Hay gente que nace en cuna de oro. Ni modo.
Mónica ya no aguantó.
—¿Qué traen? ¿Yo cuándo le tuve envidia? ¿Y si no quiero café? ¿Por qué a fuerza tengo que ir? Eso es pura presión social. Y se los digo claro: yo no tengo por qué quedar bien con nadie.
—Y además, ella no es hija del director. Luego no anden de arrastrados, porque al rato se van a tragar sus palabras.
Leticia apretó los dedos, conteniéndose. Esa tal Maribel era una simple empleada y aun así se atrevía a hablarle así.
Respondió, helada:

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