—Para alguien del nivel de Leticia, claro que Estudio Cobalto no es caro.
Leticia se quitó el collar.
—Si te gusta, te lo regalo.
La compañera se quedó en shock.
—¿Qué… qué dijiste? ¿Me lo vas a regalar?
—Sí. Es solo un collar. En mi casa tengo un montón. Somos compañeras: tómalo.
—Gracias, Leticia. Qué bárbara, eres bien generosa.
Las demás la miraron con envidia. Se arrepintieron de no haber halagado también la pulsera; si no, quizá se la habrían llevado ellas.
Otra compañera preguntó, curiosa:
—Leticia, ¿tu casa qué tan grande es?
—No es para tanto. En mi casa hay un cine, alberca, campo de golf y esas cosas… pero comparado con los que de verdad tienen lana, no es nada.
En cuanto lo dijo, todas se quedaron con la boca abierta.
—¡No inventes! ¿Y dices que no es grande? ¡Tienes un cine!
Leticia puso cara de sorpresa.
—¿Cómo? ¿En sus casas no hay? Son cosas normales, ¿no?
A todas les dio pena. La idea de “normal” de una niña rica, claramente, no era la misma que la de ellas.
En una casa común, ¿de dónde iban a sacar esas cosas?
—Tengo otra duda, Leticia… ¿el presidente de la empresa sí es tu papá? —preguntó alguien más.
Mónica se puso a escuchar; ella también quería saber quién era en realidad Leticia.

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