El hombre dijo, indignado:
—¡Ya basta! ¡Qué manera de abusar! ¿Todavía se atreven a golpear? ¡Qué falta de educación!
—Ella fue la que quiso pegar primero —replicó Cecilia—. ¿De verdad quieren armar un pleito aquí?
El hombre jaló a Paloma hacia él.
—¿Qué pleito ni qué nada? Somos gente decente, no pandilleros. Ya se arregló lo del vestido y punto. Además, esto empezó por culpa de ustedes. Vámonos, mi amor.
Cuando ya iban a irse, la persona de Estudio Cobalto habló:
—Señorita Paloma, un momento. Hay algo que tenemos que dejar claro: Estudio Cobalto la vetó.
Paloma se quedó tiesa.
—¿Vetó? ¿Cómo que vetó?
—Significa que, a partir de ahora, no podrá comprar productos de Estudio Cobalto en ninguna sucursal.
Paloma dio un traspié; casi se cae.
Que Beso de Azúcar la vetara ya era suficiente… y ahora también Estudio Cobalto.
Si eso se sabía, ¿con qué cara iba a moverse en su círculo?
Era una humillación.
—¿Por qué hacen esto? ¿Por qué? —preguntó Paloma, fuera de sí.
La persona no le contestó. Fue el hombre quien la agarró y se la llevó a la fuerza.
—Ya cállate. Qué vergüenza. Salimos a dar una vuelta y me armaste un escándalo tras otro.
Berta seguía sorprendida.
—Cecilia… ¿esto lo hiciste tú? ¿Hiciste que Estudio Cobalto vetara a Paloma?
—¿Tú qué crees? —le devolvió Cecilia.
—No manches, qué bárbara. Primero Beso de Azúcar y luego Estudio Cobalto… estás cañona.
Cecilia respondió, tranquila:

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