Apenas Cecilia terminó de decirlo, llegó una persona con ropa de oficina.
—¿Quién es la señorita Paloma? —preguntó.
—Yo. ¿Qué se te ofrece?
La persona sacó una caja fina y la puso frente a Paloma.
—Señorita Paloma, la señorita Solano le manda este vestido como compensación. Por favor, revíselo.
Paloma se quedó en blanco. Berta también.
Paloma abrió la caja y vio un vestido idéntico al que traía puesto: mismo modelo, misma talla.
—¿Esto… cómo…? —no entendía nada.
Cecilia sí lo entendía: todo lo que salía de Estudio Cobalto, sobre todo la ropa, dejaba muestras guardadas en bodega.
Por eso, hace rato le había mandado mensaje a Nadia para que consiguiera el mismo vestido y lo enviara.
Cecilia empujó tantito a Berta desde atrás.
—Ahora sí, te toca presumir. Ándale.
Berta reaccionó y se acercó de inmediato.
—Paloma, ¿no que querías que te pagara el vestido? Aquí está. A ver, ¿qué más?
—No… no puede ser…
Paloma no podía aceptar lo que estaba viendo.
Ese vestido a ella le había costado un mundo conseguirlo. ¿Por qué Berta, tan fácil, podía sacar uno igual?

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