El hombre terminó de hablar, sacó el celular e hizo una llamada.
—¿Bueno? Valentín, averíguame quién es el dueño de Beso de Azúcar. ¡La quiero comprar ya!
El gerente no mostró ni tantita preocupación. Al contrario, sonrió con calma.
—Adelante, están en su derecho.
Al rato, le entró la llamada del asistente.
—Sr. Pablo, el respaldo detrás de Beso de Azúcar es Grupo Rivas. Me temo que no se va a poder comprar…
—¿Qué? ¡¿Grupo Rivas?! —El hombre se quedó helado.
En los últimos años le había ido bien en los negocios, pero comparado con un monstruo como Grupo Rivas, estaba lejísimos.
¿Con qué cara iba a ponerse en su contra?
—Amor, ¿qué pasó? ¿Sí la compraste? Si ya la compraste, ahorita mismo corro a este gerente. ¿Quién se cree o qué…?
—¡Cállate ya! —la regañó el hombre.
Le acababan de dar una cachetada con la realidad.
—Entonces, ¿todavía van a comprar la tienda? —preguntó el gerente en ese momento.
El hombre se puso rojo de la pena.
—¡Bah! ¿Qué tiene de especial? Son puras porquerías de pastel. Ni que nos hicieran falta… ¡Pura basura!
Berta y Cecilia no pudieron evitar reírse. Era el típico «como no lo alcanzó, dice que está feo».
—Sí, ya no lo queremos. ¿Y qué? —secundó Paloma.
Luego miró a Cecilia y a Berta.
—Lo de ustedes dos no se ha acabado. A ver, ¿cómo me van a pagar mi vestido? Es de Estudio Cobalto. Si hoy no me compensan, no las voy a dejar en paz.
Cecilia acababa de comerse el postre y se limpió la comisura de los labios. Todavía no decía nada cuando el gerente se acercó y le extendió una tarjeta.
—Señorita, esta es nuestra tarjeta VIP Suprema de Beso de Azúcar. Con ella, en cualquiera de nuestras sucursales, tendrá trato VIP y todo lo de la tienda es gratis.
Berta se quedó con la boca abierta.
—¿De verdad?

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