Como veinte minutos después, una mujer salió con un postre en una charola.
—Buenas tardes. Soy la gerente de Beso de Azúcar. Ya está listo el postre —dijo con tono amable.
El hombre de la calva habló como si fuera dueño del lugar.
—¿Y entonces? ¡Tráeselo a mi esposa!
Paloma les lanzó una mirada triunfal.
Para ella, ya no era un pastel: era su orgullo.
Pero la gerente volteó hacia Cecilia y Berta.
—Señoritas, buen provecho.
Y les puso el postre enfrente.
La cara de Paloma se descompuso.
—¿Qué te pasa? ¡Ese postre es mío! ¡Yo lo iba a comprar! —reclamó Paloma.
El hombre también se puso agresivo.
—¿Estás ciego o qué? ¡Es para mi esposa! ¿Por qué se lo das a ellas? ¿Qué, se lo merecen?
La gerente se mantuvo firme; ya ni sonrió.
—No hay ningún error. Este postre es para ellas, no para ustedes. Y además, se los damos sin costo. No se les va a cobrar nada.
Paloma abrió los ojos, incrédula.

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