Fuera de su casa, nadie notaba si lo que traía era pirata, pero cada vez que regresaba, se topaba con Paloma, y Paloma se burlaba de que usaba “A”.
—A ver, Berta… ¿y ese vestido de dónde lo sacaste? Se parece a uno de Chanel. ¿No me digas que otra vez compraste imitación? Ya te lo había dicho: uno compra según lo que puede. ¿Para qué tanto show? Estar comprando pirata no está bien —dijo Paloma, a propósito.
La vendedora también le echó a Berta una mirada rara.
Tan arreglada… y resultaba que era imitación.
—Lo que ella se ponga no es tu tema. Oye, ¿tú qué? ¿No tienes nada mejor que hacer? —se le fue encima Cecilia, sin filtro.
Paloma no se enojó; al contrario, “aconsejó” a Cecilia.
—Señorita, no se deje engañar. Ella no es ninguna niña rica. Yo crecí con ella, sé perfectamente cómo es… le encanta aparentar.
—¡Paloma, ya bájale! —la frenó Berta, con voz dura.
—¿Ay, ya te ardió? Yo solo digo la verdad. A otros los engañas, pero a mí no.
Cecilia no tenía ganas de discutir ahí.
—Berta, compra el postre y vámonos.
Paloma se les plantó enfrente.
—Ya dije que ese postre me lo llevo yo.
—¡Cóbrenme! —Paloma sacó el celular.
La vendedora se vio incómoda.
—Señorita… ellas lo pidieron primero.
Paloma se puso pesada.
—¿Y qué? Todavía no pagan. Si no han pagado, ¿por qué no lo puedo comprar yo? Además, yo soy clienta VIP. Ustedes mismos dicen “VIP primero”, ¿no? Entonces me lo tienen que dar a mí.
La vendedora dudó. No quería meterse en broncas con una VIP.
Volteó con Berta y Cecilia.
—¿Y si mejor ven otra opción?

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