Seguro iba a ser un dineral.
Aunque ahorita tenía dinero, tampoco era como para soltar una cantidad así de golpe.
Entonces Cecilia habló:
—Ese vestido se diseñó para resaltar una vibra dulce y elegante, un estilo clásico y sereno… y tú no solo no le sacaste nada de eso: lo que traes puesto se ve agresivo y mala leche. Ese vestido no te queda. Ni le haces justicia.
A Paloma casi se le zafó un tornillo.
¿Que no era “digna” de un vestido tan caro?
—¿Y tú quién eres? ¿Qué chingados sabes? Nomás porque no te alcanza, vienes a tirar veneno. ¿Qué, te ardió?
—¿Que no me alcanza? Te aviso algo: de aquí en adelante, tú ya no vas a poder comprar nada de Estudio Cobalto —dijo Cecilia, tajante.
—Ay, sí, cómo no. ¿Y tú qué? ¿Estudio Cobalto es tuyo o qué? Qué ridícula.
—Si no me crees, inténtalo.
Cecilia sacó el celular y le mandó un WhatsApp a Nadia para que borraran el nombre de esa mujer.
En el sistema quedaban registrados todos los clientes: cuántas veces compraban, cuánto gastaban… y cada año elegían a los tres mejores para darles VIP. Conseguir VIP de Estudio Cobalto era dificilísimo.
Pero si alguien se metía con ellos, lo borraban del sistema y avisaban a todas las tiendas: físicas y en línea, para que no le vendieran.
—¡Ja! Paloma, aplica perfecto el dicho: aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Por dentro sigues siendo la misma. ¿Ya porque traes Estudio Cobalto te crees pavo real? Por dentro sigues siendo lo mismo —se burló Berta.
Paloma estalló.
—¡Te atreves a burlarte de mí! ¡Pinche vieja de imitaciones, ahorita te reviento!
Levantó la mano para pegarle a Berta.

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