—¡Va! ¡Voy a escoger el más caro!
Mientras platicaban, entraron a la tienda.
La vendedora se les acercó con una sonrisa.
—¿Qué postre les gusta, señoritas?
—Tú escógelo. Yo invito —dijo Berta, bien quitada de la pena.
Cecilia echó un vistazo alrededor y se fijó en un postre decorado con cerezas.
Señaló con el dedo.
—Ese.
Le gustó el diseño, sobre todo las cerezas: le daban el toque perfecto. Los colores se veían increíbles; solo faltaba ver a qué sabía. Primero lo iba a probar.
La vendedora sonrió.
—Señorita, tiene muy buen ojo. Es una novedad de Beso de Azúcar. Solo hacemos una al día. Es muy suave, se deshace en la boca… le aseguro que se le va a quedar antojado. Nada más que sí es caro: cuesta trescientos mil.
Cecilia se quedó sorprendida.
—¿Trescientos mil? ¿Por… esto? ¿Por un bocado?
A Cecilia le encantaban los postres, pero jamás había probado uno tan absurdamente caro.
Alguien se podría comer esos trescientos mil pesos de un solo bocado.
—Sí, señorita. ¿Está segura? Si sí, se lo saco de una vez.
—Sí, sí, sí. ¿Qué son trescientos mil? Ahorita me sobra el dinero —soltó Berta a un lado.
La vendedora sacó el postre. Berta lo vio y chistó.

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