Zacarías sonrió con desprecio.
—Eso es asunto mío. No tienes por qué meterte. Y hoy, como la toques, te juro que te dejo inútil esa mano.
Zacarías apretó y torció la muñeca. A Aarón se le fue el color: sentía que se le iba a quebrar del dolor.
—¡Suéltame… suéltame… suéltame! —chilló Aarón.
—Zacarías, te estás pasando. Esto es la empresa. ¿Cómo que un guardia entra a golpear gente? —dijo un compañero, defendiendo a Aarón.
Mónica respondió:
—Él fue el que quiso pegar. ¿O ya ni defenderse puede uno?
—Maribel, todos vimos que tú empezaste: le aventaste el agua en la cara. Es normal que se enojara. La primera que se fue a los golpes fuiste tú.
—¿Ah, sí? Entonces el que empezó fue él, por inventar cosas. Sin pruebas, yo puedo denunciarlo por difamación. Y ustedes también: ¿qué andan cuchicheando? Si tienen algo que decir, díganmelo de frente. A espaldas, parecen comadres de barrio. Y la próxima, el agua no va a ser para él… va a ser para ustedes. No, mejor ácido.
La mirada helada de Mónica los barrió. Nadie se atrevió a seguirle el pleito.
Todos sabían que Mónica era medio explosiva.
Hasta a gente con palancas pesadas se había echado encima y aun así los tumbó; ¿qué no iba a poder hacer?
Y si de verdad les aventaba ácido, se acababan.
Además, ni era bronca de ellos: era entre Aarón y ella. Ellos solo estaban de metiches.
—¡Suéltenme! ¡Ayuda! ¡Auxilio! —Aarón empezó a gritar.
Zacarías le dio una patada en la pierna y lo tiró al suelo. Fue una humillación total.
—¿Qué pasa aquí? ¿Por qué están amontonados en horas de trabajo? —llegó Liliana.
—Liliana, ayúdeme. Este guardia de porquer… ¡ah! —Aarón se quejó.
Liliana miró a Zacarías.

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