—Vámonos —dijo Saúl, y de la mano llevó a Cecilia al restaurante.
Anaís y Esteban también fueron; era una cena con ambos equipos.
En el salón privado del hotel ya había mucha gente esperando.
En cuanto entró Saúl con los suyos, todos se levantaron para recibirlo.
—¡Señor Rivas!
—¡Señor Rivas!
Uno de los empresarios se acercó con su copa.
—Señor Rivas, por favor, tome asiento.
Como Anaís estaba pegada a Saúl, varios asumieron que Anaís era su pareja.
Además, su ropa combinaba perfecto con la de él.
Y Cecilia… parecía solo alguien del equipo.
—A ver, señor Rivas, primero le brindo una copa. Y esta señorita… ¿es su novia? —preguntó el hombre, mirando a Saúl y a Anaís.
Anaís se iluminó. Su maquillaje y todo el arreglo “valieron la pena”.
—Gracias, señor Luque —dijo ella, tomando la iniciativa.
Pero Saúl la corrigió al instante:
—No, se equivocó. Ella es mi prometida.
Saúl levantó la mano de Cecilia para dejarlo claro. El señor Luque se quedó incómodo.
¿Así que era ella?
—Una disculpa, señor Rivas. Fue error mío… Me tomo tres para compensar —dijo Luque, y se bebió tres copas seguidas.
En la mesa hablaron de puro trabajo. Cecilia ni ganas tenía de escuchar; solo comió un poco.
Pero de pronto Luque se le quedó viendo.
—Señorita Galindo, la señorita Calderón me dijo que usted aguanta muy bien el alcohol, que es la persona en la que más confía el señor Rivas. Venga, le brindo una.
Así que Anaís había estado metiéndole ideas.
Saúl, al ver que querían brindarle, se metió:

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