Todos se quedaron pasmados.
Pero pensaron: «¿Cómo que tantos y ni así van a poder con una chavita?»
Ellos estaban acostumbrados a cenas así; ya traían entrenamiento.
Y aun así, después de una ronda, todos terminaron derrotados, rojos, tirados.
Algunos, de plano, se fueron al baño a vomitar a escondidas.
Saúl se quedó viendo a Cecilia como si no pudiera creerlo.
Resulta que su Cici era una bestia para tomar.
Se había preocupado de más.
«Qué joya», pensó.
—¿Qué? ¿Ya no? —Cecilia levantó la copa y se los dijo a todos.
No se veía borracha; apenas traía las mejillas un poquito rosadas.
Ellos, en cambio, ya ni se podían mover.
—Señ… señor Rivas… hoy sí me rindo. La señorita Galindo es… es de respeto —balbuceó Luque, completamente sometido.
Después de esto, no se iba a atrever a meterse con Cecilia otra vez.
Saúl se levantó.
—Yo creo que ya fue suficiente por hoy. Mejor váyanse a descansar.
Todos respiraron aliviados. Por fin se acababa.
Esta vez, el equipo del otro lado quedó destruido.
Saúl se llevó a Cecilia.
Anaís tenía una expresión sombría. Jamás imaginó que Cecilia aguantara tanto.
«¿Qué tiene esta mujer? ¿Por qué no se pone como cualquiera? Ni así se emborracha», pensó.
—Cici… neta no sabía que tomaras así de fuerte.
—Mira, que alguien aguante el alcohol tiene que ver con unas enzimas en el cuerpo. Si tienes más, el alcohol se descompone rapidísimo y no te pega. Yo hace años me inyecté algo así, por eso para mí es como tomar agua.
Saúl por fin entendió.
En sus años trabajando en Estados de Arrecife, Cecilia había hecho muchas cosas. En ese tipo de situaciones, tomar era inevitable… y emborracharse podía arruinarlo todo.
Por eso Cecilia investigó una enzima para “cortar” el alcohol. Se la aplicó a ella y también a sus compañeros.
Por eso Zacarías también aguantaba tanto.

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