Después, cuando Cecilia se fue con su maestro y aprendió, Bernardo ya no pudo con ella.
Por venganza, en el pueblo, cada vez que lo veía, le daba su repasada.
Hasta en el camino a la escuela lo llegaba a parar para molestarlo.
Y lo hacía con maña: nunca le dejaba marcas obvias. Le dolía, pero no se veía.
Bernardo llegaba llorando con su mamá, pero ella, ignorante, como no le veía nada, pensaba que fingía.
Y todavía lo regañaba.
La infancia de Bernardo estuvo marcada por el miedo a Cecilia.
Por eso, la primera reacción al verla debería haber sido correr… y aun así se atrevió a traer gente para quererla intimidar.
Ahí había algo. Alguien lo estaba empujando, seguro.
Con esa jugadita barata quería engañarla… ni de chiste.
—¡Ya, ya! ¡Hablo! Cecilia, por favor, suéltame… me cegó la ambición, perdón… perdón… me equivoqué, lo juro… ya no lo vuelvo a hacer… —Bernardo se soltó llorando.
Toda la vida Cecilia lo había traído a raya. Y como esta vez “alguien” le ofreció ayuda, creyó que por fin podría ganarle.
Además, había llevado un montón de tipos.
Puros vaguitos del pueblo que se sentían muy bravos… y aun así Cecilia los reventó.
Cecilia quitó el pie.
—Ahora sí: ¿quién te mandó?
Como ya no tenía dientes, Bernardo habló todo trabado:
—Fue… fue una mujer. Me buscó y me dio varios miles de pesos… me dijo que juntara a unos tipos y te parara en el camino para molestarte. Me ganó la emoción y acepté… Cecilia, perdón… ya no… —lloró otra vez—. Quiero irme a mi casa… quiero ver a mi mamá…
—Ya cállate. Y deja de berrear, cobarde. ¿Cómo era esa mujer?
Bernardo se quedó pensando.
—No… no sé. Traía cubrebocas y gorra.
Mientras le pagaran, a él le daba igual. Si hubiera sabido en lo que iba a acabar… ni por todo el dinero.
Bernardo escupió al suelo. Venía con sangre.
Cecilia ya lo tenía claro. Le dio una patada y lo mandó lejos.

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