—¿De qué estás hablando? —Lorenzo no lo aceptó.
—Es que… la verdad yo hoy no sabía que Saúl iba a venir —Berta no lo había pensado.
Que Lorenzo y Saúl se toparan así… era lo típico: dos rivales viéndose la cara.
—Ya cállate —la regañó Lorenzo, en voz baja.
Y se tomó otro trago.
Berta se quedó callada.
Todavía se hacía el duro.
¿A poco el jefe de Grupo Alcántara también tenía a alguien que no podía tener?
Si eso se contara, nadie lo creería: estaba enamorado solo.
Siguieron hasta las doce, y ya después se fueron dispersando.
Cuando vio que Saúl y Cecilia se iban juntos, a Lorenzo le dolió el pecho, como si le latiera a golpes.
No dejaba de mirarlos con envidia. A veces pensaba: «Si yo pudiera estar así con ella…».
Pero era pura fantasía.
A lo mejor, para ella, él ni entraba en la ecuación.
En el fondo le quedó una tristeza leve.
Salió del privado tambaleándose, solo.
—Lorenzo, ¿quieres que te lleve? —preguntó Berta.
—No.
Berta también iba tomada; traía la cabeza medio ida.
Le marcó a su chofer para que pasara por ella.
Por otro lado, Nuria no se había ido. Se quedó afuera, esperando a escondidas.
Por fin vio salir a Lorenzo. Iba apoyándose en la pared; se notaba que sí estaba borracho.
A ella le preocupaba que se enojara, así que se fue detrás, sin despegarse.
Ya afuera, Lorenzo dio un mal paso y casi se cae.
—¡Lorenzo! —Nuria no aguantó más y corrió a sostenerlo.
—Tú…
—Te pasaste de copas. Yo te llevo a tu casa.
En la mano, Lorenzo apretaba una piedra.
Con el pulgar la iba frotando despacio.
Ella… ella…

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