—Jefe… mi jefe… —Lorenzo, borracho, murmuraba.
Nuria frunció el ceño.
—Lorenzo, ¿a quién estás llamando?
—Jefe…
Ahora sí lo escuchó bien. Estaba llamando a su “jefe”.
Hasta borracho la seguía repitiendo.
A Nuria le dio un brinco el corazón y retiró la mano.
Entonces vio que él apretaba algo con fuerza. Se asomó: era una piedra.
Una piedra rarísima, porque no tenía nada especial a simple vista.
No era la primera vez que la veía. Antes, en la oficina, lo había cachado sosteniéndola mientras se quedaba pensando.
En ese momento creyó que le interesaban esas cosas de coleccionistas.
Pero ahora, hasta borracho la traía encima… se notaba que era importante.
¿Y si esa piedra se la había dado un hombre? ¿Y si se la dio su jefe?
¿Y si a Lorenzo le gustaban los hombres?
A Nuria le pareció que acababa de descubrir un secreto enorme.
A lo mejor Berta solo era una pantalla… y lo que él quería de verdad era a un hombre.
…
En la casa de los Solano.
—Ya es tardísimo, Natalia. ¿Por qué no te duermes? —preguntó Florencia al bajar.
—Mamá, no tengo sueño. Ya es la una… y Berta, esa vieja, no llega. Si mi papá se entera…
Florencia cayó en cuenta.

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