Cecilia se quedó sin palabras.
A ella le daba igual, pero por reflejo volteó a ver a Lorenzo y a Saúl.
Entre ellos casi no hablaban ni convivían.
Y los dos eran de los que cuidan mucho su orgullo; eso de ponerse a ladrar como perrito… no sonaba nada bien.
—¿Entonces qué, Saúl? ¿Aceptas? —preguntó Berta.
Al final, ya llevaban casi una hora jugando, y los que más iban perdiendo eran justo ellos dos.
Cecilia era la que más había ganado; después, ella.
Berta lo notó clarito: tanto Lorenzo como Saúl les estaban “dejando pasar” jugadas… y a quien le estaban regalando era a Cecilia.
—Acepto —dijo Saúl.
Porque estaba seguro de que el que iba a perder no sería él.
—¿Y tú, Lorenzo?
—Va.
—¡Perfecto! A partir de ahorita cuenta: el que pierda más, ¡ladrará como perrito!
Berta de verdad estaba emocionadísima de ver a Saúl y a Lorenzo haciendo el ridículo.
Hasta pensaba grabarlo.
Cecilia los miró a los dos.
—¿Entonces ya va en serio?
—En serio. Claro que en serio —Saúl le lanzó una mirada retadora a Lorenzo.
Lorenzo no se echó para atrás y le sostuvo la mirada.
Con puro cruce de miradas, parecía que ya se habían peleado varias rondas.
Muy pronto arrancaron una nueva mano.
Los cuatro nunca habían jugado tan concentrados.
Lorenzo y Saúl dejaron de “aflojar”; al contrario, empezaron a competir en silencio.
Y Cecilia… de por sí tenía muy buena memoria; además, sabía contar cartas.
Iba siguiendo qué cartas habían salido y, por cómo jugaban, deducía qué traían en la mano.
Saúl y Lorenzo también eran listos: todo el tiempo estaban calculando lo de todos, y también las trampas y estrategias.
Era un juego de cartas, pero de pronto se puso como si fuera una operación encubierta.
Y entre una cosa y otra… ¡Berta se quedó sin un peso!
Se secó el sudor de la cara y se dio cuenta de que esos tres estaban pesadísimos.
—A ver… ¿me estás diciendo que hasta ya sabían qué iba a tirar yo? —preguntó por fin.
Los tres asintieron al mismo tiempo.
Berta no supo qué responder.
Las cartas se le resbalaron de la mano y cayeron sobre la mesa.

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