—Claro que no. De verdad aparece y desaparece como si nada. Pero eso sí: su nivel es de primera. Cuando yo entré aquí, una parte fue porque quería conocerla… y mira, nada.
—Entonces… ¿es de verdad una mujer? He visto que en internet dicen que el nombre de "Elisa" es solo una fachada, y que en realidad es un señor ya grande, como de cincuenta y tantos. Y que aparte es extranjero. Dicen que los extranjeros tienen mucho ojo para esto, y que ha tenido un montón de relaciones… y de ahí saca ideas para diseñar.
Cecilia se quedó pasmada.
La neta, ella ni se metía a ver esas notas.
Pero escuchar que “Elisa” era un señor de cincuenta y tantos… casi la hace soltar la carcajada.
—Ya, eso de internet es puro invento para llamar la atención —cortó Miriam—. Cómo es Elisa en realidad, solo la directora Nadia lo sabe. Y esa señora no suelta prenda. Hubo quien la siguió para intentar dar con Elisa y ni así. Mejor ya déjenlo.
Dicho eso, Miriam se encogió de hombros.
En eso, llegó la hora de salida.
Miriam guardó sus cosas y, antes de irse, miró a Cecilia.
—Cecilia, deja la oficina en orden y acomoda esos documentos.
—Está bien —respondió Cecilia.
Isidora la miró, medio apenada.
—Qué friega… ánimo.
Cecilia le sonrió, pero de compromiso.
Teresa corrió a ayudarle a recoger.
—Miriam sí se pasa. Te deja todo a ti cuando se supone que son dos practicantes. Yo digo que te trae entre ceja y ceja.
—No pasa nada, Teresa. Además, estás tú.
Las dos terminaron de ordenar y luego se fueron a casa.
Al llegar, vieron a Agustín.
Cecilia le preguntó:

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