Ya quedó claro todo, y en la comisaría también van a dejar libre a Facundo.
Y que la señora se la pasara armando escándalo en la casa tampoco era solución.
Aunque Thiago no decía nada, ver a su mamá haciendo un drama todos los días lo traía con el ánimo por los suelos.
Cecilia solo quería que la señora se fuera cuanto antes.
—Abuela, ¿todavía te sientes mal? —preguntó Cecilia.
La abuela se quedó sin palabras un momento, y luego retomó su actuación.
—Ay, sí, me sigo sintiendo fatal. Me duele todo, no me hallo… ¿y tus papás? ¡Que vengan a verme! ¡Y consíganme un doctor, que me revise!
—No hace falta, abuela. Yo soy doctora.
—¿Tú qué vas a ser doctora? ¡No digas tonterías!
—Claro que sí. Yo le curé la pierna a mi papá, y también lo de Saúl. ¿A poco no estoy cañona? Y lo tuyo es lo de menos. Si quieres, te checo el pulso —dijo Cecilia, alzando una ceja.
La abuela se apresuró a esconder la mano.
—¡No quiero!
—Yo digo que no es que estés enferma. Es que cambiaste de ambiente y por eso te sientes rara. Piénsalo: cuando estabas en casa de los Galindo, mandabas y todos te obedecían; traías un ánimo bárbaro. Desde que llegaste aquí, todo te duele y todo te molesta. Mejor regrésate a la casa.
—¡No! Todavía no me quiero regresar. Después de tantos años separada de ustedes, quiero quedarme más tiempo… Cecilia, ¿y si también traemos a Facundo y a Patricio con sus familias?
Cecilia se burló por dentro. A la señora se le notaba el plan a kilómetros.
Vio que la familia Galindo era numerosa, se aferró a no irse, y encima quería traer también a las familias de Facundo y Patricio.
¿A poco creía que Cecilia era su cajero automático?
—Abuela, ya les hablé a Facundo y a Patricio. Ya vienen en camino; al rato llegan. Pero vienen por ti para llevarte de regreso. Les dijeron que aquí la estabas pasando mal, así que van a llevarte a que descanses allá —sonrió Cecilia.

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