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Regreso de la Muerta: La Venganza de Cecilia romance Capítulo 212

Saúl, la verdad, no tenía mucha seguridad de lograrlo. Damián llevaba décadas negándose a trabajar con la familia Rivas.

—Gracias, director Fonseca. Se nota que de veras la quiere —dijo Saúl.

Eso sí no se lo esperaba.

Damián, por alguien “de fuera”, estaba dispuesto a ceder el proyecto D.

—Seguro te estás preguntando por qué trato tan bien a Cecilia —dijo Damián. Como siempre, muy listo: notó la duda de Saúl.

—Sí —admitió Saúl.

Si fuera solo por Mónica, no alcanzaba para explicar tanto.

Damián cerró los ojos, como si se perdiera en sus recuerdos.

En su vida, él y su esposa habían sido muy unidos. Y a él siempre le gustaron las niñas. Por eso, cuando su primer bebé fue una hija, se puso feliz.

Luego, por un daño de salud, su esposa ya no pudo tener más hijos. Así que esa niña fue su única hija.

Desde que nació Mónica, la adoraron.

Pero cuando tenía cinco años, se la llevaron unos secuestradores.

Damián y su esposa casi se volvieron locos. Ofrecieron una recompensa enorme e hicieron de todo para encontrarla.

Mónica estuvo desaparecida medio mes.

Cuando ya estaban desesperados, un empleado fue a decirles que afuera de la empresa había dos niñas que querían verlo.

Damián corrió. Vio a dos chiquitas sucias, con la cara tiznada, irreconocibles… solo los ojos, negros y brillantes.

Al instante reconoció a una: era su hija, Mónica.

Al recuperarla, Damián se quebró; se le salieron las lágrimas.

Luego se llevó a las dos niñas a la casa. Él y su esposa se volcaron sobre Mónica, cuidándola y apapachándola.

La otra niña, en cambio, se quedó calladita en el sillón, mirándolos.

Aun así, vio que Mónica traía un vestido como de princesa y estaba arregladita, nada que ver con los niños del pueblo.

«Debe ser de una familia con dinero», pensó, y decidió llevarla a la ciudad a buscar a los suyos.

No traían dinero, así que caminaron.

Cuando no tenían qué comer, Cecilia pedía. Algunas personas, al verlas, les daban algo.

Así, apoyándose una a la otra, llegaron a la ciudad de San Martín.

Pero entre tanta gente, ¿a quién iban a encontrar?

Las dos iban tan sucias que ni se distinguía el color de la ropa. Parecían niñas de la calle.

—Mónica, ¿de verdad no te acuerdas dónde vives? ¿Ni un teléfono? —preguntó Cecilia.

***

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