—Ya, cállate. Ya casi llegamos.
El carro se detuvo frente a la casa de los Galindo.
Se bajaron. El portón estaba cerrado. Iker tocó varias veces.
Nadie salió.
—¿Cómo que no hay nadie? ¿Vinimos a mala hora? —preguntó Iker.
Clara no iba a soltarlos. Hoy tenía que ver a los papás de Cecilia y “arreglar” lo del prometido.
—Voy a preguntarle a un vecino.
Vio pasar a una señora con un azadón.
—Señora, buenas. ¿Usted es vecina de los Galindo? ¿Sabe a dónde se fueron? ¿Por qué no están?
La mujer los miró de arriba abajo.
—Se mudaron.
—¿Mudaron? ¿A dónde?
—Creo que a un lugar que se llama Hacienda San Jerónimo. No sé más. Ese día llegó un montón de gente y se los llevaron.
Con eso, Clara decidió irse directo a Hacienda San Jerónimo.
—Vámonos, Iker. Vamos para Hacienda San Jerónimo.
Iker frunció el ceño.
—¿Y cómo acabaron allá? Esa zona es de ricos. ¿A poco les alcanza?
—Hacienda San Jerónimo es grande. También debe haber partes más baratas; además es nuevo. Ellos no pueden comprar ahí. Vamos y vemos —dijo Clara, segura.
Llegaron rápido. Al ver el portón enorme, ambos se quedaron callados un segundo.
—¿E-esta… es su casa? —Iker no lo podía creer.
—Pues… pregúntale a alguien. Yo tampoco sé —Clara ya no estaba tan segura.
Agustín se acercó y les preguntó a quién buscaban.
—Buscamos a Thiago. Somos amigos. Nos enteramos de que se mudaron… ¿es aquí? —preguntó Iker.
—Sr. Galindo, Sra. Galindo, venimos a hablar de la boda de los muchachos. Sí, hubo un error con las niñas, pero el compromiso se hizo con la persona de aquel entonces. Cuando la familia Rivas se comprometió con la familia Valdés, era por Noa; y cuando la familia Salinas se comprometió con la familia Valdés, era por Cecilia. Yo digo que no hay que cambiar a los prometidos —dijo Clara, sonriendo.
Thiago y Marina se pusieron furiosos.
¿No que Noa ya se había casado con el Sr. Salinas?
Ahora que Saúl estaba bien, otra vez venían a querer aprovecharse.
Qué descaro.
¿Noa sí era “persona”, pero Cici no? ¿Cici tenía que aguantar el maltrato?
—Sr. Valdés, Sra. Valdés… ¿nos están viendo la cara o qué? —Thiago se puso pálido del coraje.
—Para nada. Y no es de a gratis. Les damos doscientos mil pesos y le dejan a Saúl a Noa. Además, Noa fue una hija que ustedes criaron dieciocho años. Si antes la trataron como suya, ¿ahora ya no pueden hacer algo por ella?
¡Pum!
Thiago azotó la mano sobre la mesa.
Se le subió el coraje a la cara; estaba rojo, temblando de rabia.

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