Menos mal que no tenía la presión alta ni problemas del corazón; si no, en ese momento sí se habría muerto del coraje.
—¡Ja! ¡Qué poca vergüenza tienen! Todo es por Noa, ¿y Cici qué? ¡Cici también fue su hija durante dieciocho años y aun así son bien fríos! Primero dejaron que Noa le quitara el compromiso con Saúl, se pelearon con la familia Salinas y ahora vienen por lo de nuestra Cici. ¡Son tal para cual, una bola de buitres!
—De verdad hasta me pregunto cómo vivió Cici con ustedes dieciocho años. Seguro nunca la quisieron de verdad. Y todavía quieren exprimirla… ¡no tienen madre! ¿Que les cedamos a Saúl? Eso no va a pasar. Ni por dos millones… ¡ni por veinte! ¡Lárguense!
Iker y Clara no se esperaban que Thiago los recibiera con una regañiza así.
—¿Y tú qué te crees? ¿De qué te las das? ¡Dos millones ya es mucho para gente como ustedes! ¡A la familia Rivas quien le gustaba desde el principio era nuestra Noa! ¡Ustedes son los que le robaron el compromiso a mi hija! —Clara se soltó insultando.
—¡Bah! ¡Qué descaro! Agustín, acompáñalos a la salida. Y de ahora en adelante no vuelvas a dejar entrar a estos dos perros rabiosos. ¡Nosotros no tenemos amigos así! —ordenó Thiago.
Agustín se acercó y, sin darle vueltas, los sacó.
—¡Está bien! ¡Está bien! Muy “importantes”, muy “decentes”… ¡ya verán! —Clara los señaló mientras seguía gritando.
—Señores, por favor, ya váyanse —Agustín también endureció el tono.
Iker y Clara salieron prácticamente a empujones.
La reja de fierro se cerró de golpe con un estruendo.
—¡Qué gente tan insoportable! Ese caserón seguro se los compró Saúl. Con lo muertos de hambre que son, ¿cómo van a poder pagarlo? Viven de lo ajeno y todavía se sienten con derecho… ¡qué coraje!
—Sí, cero educación. Uno viene a hablar bien y ni escuchan.
Los dos se quedaron quejándose.
Clara vio que Agustín iba a entrar y se apuró a preguntarle:
—Oiga, usted es el mayordomo, ¿no? Dígame… ¿esa casa sí es de Saúl?
Esa noche, cuando Cecilia regresó, Marina le contó lo que había pasado: que los Valdés fueron a la casa.
Cuando Cecilia supo que los habían corrido, por fin se quedó tranquila.
—Papá, mamá, hicieron bien. Con gente así no hay que andar con consideraciones —dijo Cecilia.
—Pero… —Marina dudó—. Tu papá y yo teníamos miedo de que te enojaras. Al final fueron tus papás adoptivos… por fuerza debe quedar algo de cariño. ¿No fue demasiado?
Cecilia sabía que ellos eran buena gente; era normal que se sintieran así.
Les habló con calma:
—Papá, mamá… la verdad es que Iker y los demás nunca me trataron bien. Cuando yo tenía tres años, me mandaron a vivir al rancho. Yo no era cercana a ellos. Para los de afuera yo era “la hija” de los Valdés, pero en realidad crecí allá, igual que mis hermanos.
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