Elena se la pasó revisando documentos y haciendo análisis para el proyecto del Grupo Vargas.
Cuando el Profesor Álvarez vio el reporte que le entregó, le aplaudió el esfuerzo y la nombró líder del proyecto.
Elena se volcó todavía más en el trabajo. Se desveló hasta más de las dos de la mañana preparando la presentación y el discurso para la junta del día siguiente.
A la mañana siguiente, manejó hasta la sucursal del Grupo Vargas en Ciudad Río. La recepcionista le indicó el camino a la sala de juntas.
Abrió su computadora y empezó a pasar los archivos que había traído.
Poco a poco fueron llegando los de su laboratorio y el equipo del Grupo Vargas que estaría en el proyecto.
Elena miró el reloj; todavía faltaban cinco minutos. Tomó su termo y le dio un trago al agua.
En ese momento, alguien entró por la puerta.
Las miradas se cruzaron.
Elena vio entrar a Diego y a Adriana.
Se quedó pasmada. ¿Acaso la empresa con la que se alió el Grupo Vargas era el Grupo Romero?
Adriana traía unas carpetas en la mano y la miraba con aire de provocación.
El Grupo Vargas en realidad no quería asociarse con el Grupo Romero, pero el esposo de Isabela movió sus contactos con uno de los vicepresidentes del grupo y, gracias a eso, terminaron cediéndoles el proyecto.
Diego tampoco se esperaba ver a Elena ahí.
Juraba que ella había renunciado al trabajo por puro berrinche, no sabía que seguía en el laboratorio del Profesor Álvarez.
Pero el Profesor Álvarez era muy estricto con su equipo. ¿Por qué le daba tantas consideraciones a Elena? ¿Acaso había gato encerrado?
De pronto, recordó aquel reloj de lujo.
¿Habría sido el dueño de ese reloj quien la metió al laboratorio?
De solo pensarlo, la cara se le endureció.
A Elena no le importó en absoluto lo que Diego y Adriana pudieran pensar. Ella solo quería dar una buena presentación y no dejar mal parado al profesor Álvarez.
Al terminar la exposición, el señor Herrera, quien encabezaba el proyecto por parte del Grupo Vargas, sonrió con aprobación.
Por mucho que le pesara, Diego no pudo evitar reconocer en silencio la solidez del trabajo de Elena.
Adriana advirtió la atención de Diego sobre Elena y la rabia le tensó cada músculo del cuerpo. Se acercó a él y le susurró al oído:
—Seguro el profesor Álvarez le armó toda la presentación. Elena ni lleva tanto tiempo investigando, ¿cómo crees que va a saber cosas tan técnicas?
Diego pensó que tenía razón.
El Profesor Álvarez era una autoridad en su campo; si la había ayudado, era natural que la presentación saliera impecable.

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