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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 538

Ariadna dio un salto de emoción.

—¿De verdad?

Alejandro asintió con una sonrisa.

—Así es. Vamos.

Elena no podía creer lo bien que él había planeado todo; su nivel de detalle siempre lograba sorprenderla.

Entraron a la zona privada y se tomaron fotos con los pingüinos. Ariadna incluso pudo acariciar a uno, lo que la dejó saltando de alegría.

Al salir de ahí, recorrieron varias exhibiciones más hasta que llegó la hora del almuerzo.

Se detuvieron en un restaurante temático infantil cercano.

Elena pidió pasta, pizza, nuggets de pollo, pastelitos y algodón de azúcar.

—Elena, la comida de aquí es tan bonita que me da pena comerla —dijo Ariadna, maravillada.

Verla tan feliz llenó el corazón de Elena.

Se giró hacia Alejandro, un poco apenada.

—¿Te molesta tener que comer cosas para niños?

—Para nada —rió él con suavidad—. La comida está deliciosa.

Al notar que las mangas de Ariadna se estaban ensuciando, Alejandro se inclinó y se las arremangó con cuidado. Luego tomó una servilleta y le limpió un poco de crema que le había quedado en la nariz.

Dos chicas en la mesa de al lado observaron la escena con asombro.

—Es la primera vez que veo en la vida real a un papá tan guapo, joven y atento —murmuró una de ellas a su amiga—. Qué envidia le tengo a su esposa.

—Ya ves lo que dicen, los buenos hombres nunca llegan a estar solteros —suspiró la otra.

Justo en ese momento, Diego y Adriana entraron al mismo restaurante.

Al ver a Elena, Diego se quedó paralizado por un segundo.

Adriana lo tomó del brazo y lo guió hacia una mesa que estaba diagonal a la de ellos.

El mesero les trajo su pedido.

Maxi, curioso al ver la comida en la mesa, estiró su manita para intentar agarrar algo.

—Joven Maxi, usted todavía no puede comer esto —se apresuró a detenerlo la niñera.

Adriana frunció el ceño, molesta.

—¿Qué tiene de malo que pruebe un poquito?

Sin escuchar razones, tomó una papa frita y se la puso al niño en la mano.

La niñera, llena de pánico, intentó advertirle, pero la mirada fulminante de Adriana la hizo callar.

Diego, por su parte, bebía su jugo en completo silencio.

De repente, Maxi comenzó a toser violentamente.

La niñera, desesperada, empezó a darle palmaditas en la espalda.

—¡Señora, el niño solo puede tomar leche! ¡Si come esto, se va a ahogar!

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