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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 534

—¿Recuerda qué tipo de flor era? —preguntó el veterinario, acercándose al teléfono.

—Era una manzanilla común y corriente —respondió la señora Salinas.

Como si una bombilla se hubiera encendido en su cabeza, Elena colgó de inmediato y llamó a la administración del edificio.

—¿Fumigaron el jardín hoy?

—Señorita Navarro, los pesticidas solo se aplican de noche, nunca durante el día —confirmó el conserje.

El veterinario suspiró.

—Como no estamos seguros de qué ingirió, no podemos administrar un antídoto específico. Tendremos que hacerle un lavado gástrico y purificar sus fluidos para que su cuerpo expulse la toxina. Ahora solo nos queda esperar y rogar que su hígado y riñones aguanten el impacto.

Las palabras del médico cayeron como plomo en el pecho de Elena.

Llevaba más de un año con Chispa; él ya era parte de su familia. Verlo sufrir y retorcerse de dolor la desgarraba por dentro.

Más tarde, el teléfono volvió a sonar. Era el hijo de la señora Salinas.

—Señorita Navarro, mi madre acaba de ser internada de emergencia por intoxicación. Me pidió que le preguntara: ¿usted tomó agua de su casa hoy? Mientras preparaba su cena, mi madre se tomó un vaso de agua, y dice que lo más seguro es que el perro también haya bebido de allí.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Esa noche ella no había cenado ni tocado el agua, solo había bebido el jugo de frutas que se trajo de la tienda de su tía. Por eso estaba sana y salva.

Elena volteó rápidamente hacia su escolta.

—Bruno, manda a alguien a revisar de inmediato el dispensador y los garrafones de agua del departamento.

—Entendido.

Mientras acariciaba a Chispa, Elena sintió que el aire de la sala se volvía de hielo.

Los paquetes anónimos en su puerta, las rosas envenenadas, las sombras en el laboratorio y, ahora, este envenenamiento letal.

Al juntar las piezas del rompecabezas, la conclusión era irrefutable: alguien quería verla muerta.

Leandro revisó el sistema de agua y llevó muestras al laboratorio. El reporte fue claro: la toxina venía de los garrafones de agua purificada.

—Señora, acaban de llegar los resultados. El agua estaba contaminada con nitrito —informó Leandro con gravedad.

Elena se apresuró a entregarle la información al veterinario.

—Por suerte no bebió mucho y la toxina no alcanzó a hacer daño profundo en los órganos —dijo el médico, ordenando a la enfermera que ajustara la dosis del suero—. Con este tratamiento y un par de evacuaciones, mañana estará como nuevo.

Al escuchar el diagnóstico, el peso que asfixiaba a Elena finalmente desapareció.

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