Desde que estaba con Alejandro, Elena había ganado una valentía que antes no conocía. Ya no tenía miedo de las consecuencias, ni miraba atrás.
—Gracias, Alejandro.
Él le tomó la mano, mirándola con falsa molestia.
—Elena, ya te he dicho mil veces que entre nosotros no existen los agradecimientos.
***
Cuando Hugo se enteró por boca del director Medina de que la propuesta de Eulalia había sido superada por la de Elena, y que además ella quedaría al frente del proyecto del inhibidor de PD-1, la noticia no le hizo ninguna gracia.
En su opinión, Elena no era más que una cara bonita a la que Alejandro y Fernando le estaban pavimentando el camino. ¿Por qué iba ella a quedar por encima de Eulalia, su propia hija?
Llevó a comer al director Medina un par de veces para presionarlo a cambiar al líder del proyecto.
El director Medina no quería ofender a Hugo, pero tampoco quería buscarse problemas con Alejandro y el profesor Álvarez.
—Director Valiente, no es que no quiera darle el puesto a Eulalia, pero objetivamente, Elena es la más capacitada del equipo. Además, el director Vargas y el profesor la respaldan. No puedo llegar y cambiar a la líder solo porque sí.
—Es muy sencillo —replicó Hugo—. El proyecto es una colaboración financiada por el Grupo Vargas, el Grupo Valiente y el Grupo Moreno. Hagámoslo democrático. Que los tres inversionistas voten; quien tenga más apoyo se queda como líder. ¿Te parece justo?
Al director Medina no le quedó más remedio que aceptar.
Hugo convenció a la señora Moreno para que apoyara a Eulalia y, con la mayoría a su favor, forzaron el cambio de liderazgo.
Cuando el profesor Álvarez se enteró, se puso rojo de la furia.
—¡Si los inversionistas van a dictar cómo se hace la ciencia, entonces que se pongan las batas y lo investiguen ellos! ¡Mi laboratorio no va a participar en este circo!
El director Medina intentó calmarlo.
—Por favor, tómelo con calma. Todavía hay margen de maniobra. Eulalia tiene talento. Dejémosla liderar un tiempo, y si el proyecto se estanca, tendremos la justificación perfecta para traer a Elena de vuelta. Será mucho más convincente.
—¡Yo no juego a las casitas! —bufó el profesor con sarcasmo—. Si Hugo quiere comprarle el éxito a su heredera consentida, allá él. Voy a reasignar a Elena a otro proyecto y les enviaré a un investigador cualquiera para llenar el hueco.

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