Cuando Diego despertó, se dio cuenta de que había dormido junto a Adriana.
Al recordar los sucesos de la noche anterior, se frotó las sienes con frustración.
Últimamente, sentía que su mente era un campo de batalla.
Jamás imaginó que Elena sería tan despiadada como para abandonarlo sin mirar atrás. ¿Había olvidado acaso todo el tiempo y dinero que había invertido en ella?
Además, él solo terminó en la cama con Adriana porque Elena no podía darle un hijo. ¿Por qué demonios debía cargar él con toda la culpa?
El movimiento en la cama despertó a Adriana. Su piel mostraba marcas evidentes de la noche anterior y sus ojos tenían un brillo seductor.
Al verla, una chispa de deseo volvió a encenderse en la mirada de Diego.
Si algo tenía Adriana a su favor era que no tenía reservas en la cama; sabía perfectamente cómo volver loco a un hombre.
Elena no tenía ningún derecho a reclamarle por su infidelidad. Todos los hombres eran iguales: si en casa los dejaban con hambre, lógicamente tenían que buscar saciarse afuera.
Si Elena le hubiera cumplido en ese aspecto y le hubiera dado un heredero, jamás habrían tenido ningún problema.
Al notar la pasión en sus ojos, Adriana rodeó el torso de Diego con sus brazos, intentando seducirlo de nuevo. Diego no era de piedra frente a tal provocación, así que terminó enredándose con ella una vez más.
Al terminar, apartó a Adriana, se levantó y se metió a la ducha.
Minutos después, vestido con un traje impecable y el nudo de la corbata ajustado, volvió a ser el frío, elegante y distante director del Grupo Romero.
Envuelta en una bata de seda, Adriana lo devoraba con la mirada.
Ese era el hombre que amaba, el dueño del imperio. Jamás se lo iba a ceder a Elena en bandeja de plata.
Sin embargo, ya con la mente fría tras haberse saciado, Diego la miró desde la puerta y soltó una advertencia glacial:
—Puedo fingir que no sé nada de las tácticas sucias que has usado en el pasado, pero te lo advierto, Adriana: no vuelvas a acosar a Elena.
Al escuchar eso, el rostro de Adriana se contrajo de celos.
—Yo puedo dejarla en paz, ¿pero tú vas a dejar de buscarla?
Diego la miró con absoluta incomprensión.
—¿Por qué no habría de verla? Es mi mujer.
—¡Pero si ella te abandonó! Y ahora está jugueteando con el tal Alejandro. Esa mujer jamás te amó de verdad.
La expresión de Diego se oscureció.
—Ese es un asunto entre ella y yo. No te metas.
Con los ojos llorosos, Adriana reclamó su lugar:
—¡Soy tu esposa! ¿No tengo derecho a sentir celos? ¡Te di un hijo varón, me mato trabajando para el Grupo Romero, y ni siquiera puedo pedirte que me ames solo a mí!
Diego la miró con lástima. Todas las mujeres eran igual de ilusas. Deseaban desesperadamente a un hombre exitoso, pero al mismo tiempo le exigían que fuera fiel como un monje. Era una absurda contradicción.

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