Inés le dio las gracias de nuevo y le pidió su WhatsApp, diciéndole que en cuanto llegaran a Ciudad del Norte la iba a invitar a comer a su casa.
Elena aceptó con una sonrisa.
—Claro que sí.
Las otras dos señoras que estaban cerca y también eran madres, al escucharla, le pidieron su contacto y le dijeron que en Ciudad del Norte les gustaría consultarle algunas molestias digestivas de sus hijos.
Elena tuvo que aclararles:
—En realidad yo me dedico a la investigación farmacéutica y no doy consulta médica. Solo conozco algunas maniobras básicas para aliviar molestias leves. Lo mejor es que los revise un especialista.
Por mucho que su abuelo le hubiera enseñado, sabía perfectamente que una cosa era conocer la teoría y otra muy distinta atender a un paciente. Sin experiencia clínica real, no pensaba ponerse a improvisar con la salud de nadie.
Diana, que no había quedado conforme con el episodio anterior, soltó entonces un comentario con toda la mala leche del mundo:
—Ay, qué ingenuas. Dejando que cualquiera las atienda sin ver una cédula profesional, a ver si no las terminan matando. ¡Cuánta gente sin cerebro hay en este mundo!
Ese comentario encendió a las dos señoras.
Una de las dos señoras, que claramente tenía poca paciencia, ya no aguantó más y le respondió de frente.
—La bebé llora porque está chiquita y todavía no se sabe expresar, pero tú, ya grandecita, te la pasas haciendo corajes y ofendiendo a lo menso, ¿a poco tu cerebro tampoco se desarrolló bien? Si todo te molesta, ¿por qué no mejor rentas un jet privado? Ah, ¿es que no te alcanza el presupuesto?
Diana era de las que se agrandaban con los débiles y se achicaban con los fuertes. Al ver que la señora no se dejaba, le dio un poco de miedo. Soltó un bufido.
—Ay, qué flojera discutir con señoras metiches.
Se puso el antifaz para dormir y no volvió a decir ni pío.
El avión aterrizó en Ciudad del Norte.
Inés y Elena salieron juntas del aeropuerto.
Elena le acarició las mejillas redonditas a la pequeña y, al pensar en el bebé que había perdido, se le ensombreció el ánimo.
Inés le sonrió.
—En cuanto te desocupes me mandas mensaje. Mi familia es súper alivianada, cuando vayas a la casa te van a recibir con los brazos abiertos.


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