Diego contestó enseguida, con un tono amable:
—Hola, abuela. ¿Se siente mal?
—No, no es eso. Te llamo por lo de Elena...
Le contó con todo detalle lo que había visto sobre el video en internet y luego soltó un suspiro cargado de preocupación.
—De verdad quiero que renuncie a ese trabajo lo más pronto posible, pero por más que le digo, no me hace caso. ¿No podrías ayudarme a pensar en algo para convencerla?
Diego, que obviamente también quería que Elena dejara de trabajar, le siguió la corriente a la abuela:
—Lo que pasó hoy parece grave, pero en realidad tiene arreglo; voy a dejar el asunto en manos de los abogados. El problema es que cada vez que yo le he sugerido que renuncie, me hace un berrinche. La verdad, ya no sé qué hacer con ella en ese aspecto.
—¿Y todavía se atreve a hacerte berrinches? —dijo la abuela Navarro, ofendida—. ¡Parece que ya se le olvidó todo lo que le enseñé!
Diego suspiró fingiendo resignación.
—En el fondo no es su culpa. Elena no era así antes; lo más seguro es que sus amistades del trabajo le estén metiendo ideas en la cabeza.
—¡Pues a fin de cuentas, todo es culpa de ese dichoso trabajo!
La abuela Navarro recordó cómo las mujeres de su generación siempre ponían a la familia en primer lugar, y casi nunca se escuchaba hablar de separaciones o divorcios.
Las mujeres de ahora querían divorciarse a la menor dificultad, y para ella eso tenía Para ella, las mujeres de ahora se rendían demasiado rápido en el matrimonio, y trabajar fuera de casa solo les metía ideas que antes ni se les habrían ocurrido.
Tal vez ahora disfrutaban su libertad después del divorcio, pero ella estaba convencida de que, cuando envejecieran solas y sin hijos cerca, acabarían arrepintiéndose.
Como la abuela Navarro no quería que Elena se arrepintiera en el futuro, le dijo a Diego:
—Te voy a encargar que le ayudes a resolver ese relajo del internet, Diego. Yo me voy a encargar de buscar la forma de hacer que renuncie. No puede seguir trabajando ahí.
—Es lo menos que puedo hacer, abuela. No es ninguna molestia.
En cuanto colgó la llamada con la abuela, Diego mandó llamar a su asistente.
—Supongo que ya ordenaste bajar de internet todos esos videos que difaman a mi esposa.
—Señor Romero —respondió el asistente—, borrar los videos no es la mejor solución. Son montajes hechos con IA. La única forma de limpiar el nombre de su esposa es demostrar públicamente que son falsos.
—No hay necesidad de demostrar nada —cortó Diego—. Solo tíralos y ya.


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