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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 312

Elena se acercó, le ayudó a sostener el vaso de agua y le preguntó:

—Alejandro, ¿estás bien?

Alejandro, con los labios aún pálidos, esbozó una leve sonrisa.

—Estoy bien.

Hizo una pausa y bajó la mirada.

—Perdón por no haberte rescatado a ti primero.

Al principio sí le había dolido verlo correr hacia Mariana.

Pero, con solo recordar cómo corrió hacia ella sin dudarlo para protegerla con su propio cuerpo, se le esfumó todo el coraje.

En medio de aquel infierno, estaba claro que él habría estado dispuesto a morir a su lado. No tenía ningún motivo para seguir echándole la culpa.

—Ya no hablemos de eso, ahorita lo importante es que descanses.

Como tenía la espalda llena de heridas, no podía acostarse bocarriba ni taparse con cobijas, así que tuvo que acomodarse bocabajo.

Elena tomó el control remoto, le subió un poco a la calefacción y se sentó a su lado para hacerle compañía.

Ambos se quedaron en un silencio tranquilo. Con ella ahí sentada a su lado, a Alejandro hasta le parecía que se le calmaba el dolor del cuerpo. Poco a poco, se quedó dormido.

Elena lo contempló dormido y sintió una punzada de ternura al verlo tan vulnerable.

Por la tarde, la señora Vargas y Sofía llegaron a Ciudad del Río en un jet privado. Al entrar a la habitación, la señora Vargas vio a Elena y de inmediato se le descompuso la cara.

Hacía unos días, la anciana Vargas había regresado a la Ciudad del Norte sintiéndose mal y la había obligado a cuidarla.

Cuando por fin la señora se recuperó, pensó que al fin tendría tiempo para sus propios asuntos.

Pero para su sorpresa, la abuela le echó en cara que su falta de educación era una vergüenza para la familia Vargas. Incluso le contrató a un tutor privado para obligarla a estudiar libros de etiqueta, protocolo y buenas costumbres todos los días.

El tutor era tan estricto que, de tanto leer, terminaba mareada y con dolor de cabeza, pero no le quedaba de otra más que aguantarse.

Gracias al accidente y a la hospitalización de Alejandro, había encontrado el pretexto perfecto para salir de allá y presentarse en Ciudad del Río.

Elena sabía perfectamente que no era del agrado de la señora Vargas, y como no estaba dispuesta a rogarle atención a nadie, se limitó a saludar únicamente a Sofía.

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