Para no llamar la atención, Elena terminó subiéndose al coche de Diego.
Diego le ofreció un vaso con café.
—Es tu favorito de antes, el de matcha. Fui a hacer fila para comprártelo en cuanto salí del trabajo.
Había estado leyendo su diario y, poco a poco, iba recordando muchas de las cosas que a ella le gustaban.
Elena no aceptó el vaso.
—Ahora prefiero los sabores frutales —respondió con indiferencia—. Ya no me gusta el matcha.
Diego se quedó desconcertado por un segundo, dejó el café en la consola y respondió con suavidad:
—Entonces la próxima vez te traeré uno de frutas.
Elena no dijo nada.
Al llegar a la boutique de vestidos de noche, Elena entró con él.
La gerente se sorprendió al ver a Diego llegar con Elena. Antes, siempre traía a Adriana a probarse vestidos; que hoy viniera con otra mujer era inesperado.
Sin embargo, como toda una profesional, mantuvo una sonrisa impecable para atenderlos.
—Saque el vestido que mandé a hacer a la medida —pidió Diego—. Es para que se lo pruebe mi esposa.
La gerente asintió.
—Enseguida, señor Romero.
Al darse la vuelta, no pudo evitar echarle un vistazo a Elena. «¿Ella también es la señora Romero? ¿Acaso este hombre le dice esposa a todas sus parejas?».
Elena entró al probador. El vestido le quedaba un poco ajustado de la cintura, pero logró subir el cierre.
La gerente se disculpó, un poco apenada:
—Lo siento mucho, señora Romero. La talla no es exacta y me temo que ya no hay tiempo para hacerle ajustes.
Elena negó con la cabeza.
—No se preocupe, así está bien.


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