—Elena. —Él estaba furioso, pero al verla tan hermosa, su enojo se atenuó un poco y su voz se volvió más suave.
Elena lo miró con frialdad y no dijo nada. Diego le preguntó:
—¿Acabas de ir al Instituto Farmacéutico Río?
Elena le respondió con sarcasmo:
—¿Mandaste a alguien a seguirme?
Al ver que siempre le hablaba a la defensiva, Diego se molestó un poco:
—Nadie te está siguiendo. Además, solo me preocupo por ti. ¿No crees que arreglarte de esa manera para llamar la atención de todos ya está fuera de lugar?
Ella era su mujer, y lo hermosa que se veía solo debía ser para él.
A Elena le pareció el colmo y le contestó:
—¿De qué hablas? ¿A quién quiero llamar la atención?
Diego le agarró la muñeca con fuerza y le pasó el pulgar por los labios para limpiarle el labial.
—¡Suéltame! —Elena se puso roja del coraje.
—Antes ni siquiera solías maquillarte, y ahora apareces impecable todos los días. ¿No es evidente que buscas llamar la atención de otros hombres?
Elena no se quedó callada:
—Las mujeres nos arreglamos para sentirnos bien nosotras mismas, no para darle gusto a los hombres. No seas tan egocéntrico.
Le daba asco que la tocara, así que le soltó un fuerte rodillazo.
Diego dejó escapar un sonido ahogado, la soltó de inmediato y la miró, vencido por el dolor.
—Elena, ¿cómo te atreves a hacerme esto?
Elena lo miró con puro desprecio.
—¿Por qué no habría de atreverme? —Sin decirle más, se dio la media vuelta y se fue.
Diego respiró hondo y tuvo que esperar un buen rato hasta que el dolor se le pasó.
En eso, un coche se estacionó a su lado.
La ventanilla bajó, dejando ver el perfil de Alejandro.
Este le echó una mirada rápida a Diego y sonrió con burla.


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