Alejandro no pudo evitar soltar una carcajada al ver cómo salía huyendo.
Isabel había ido a la casa de Elena para ayudarle a darle de comer al perro, y justo presenció aquella escena que derramaba tensión entre los dos. Al ver a Elena con las mejillas sonrojadas, le preguntó con tono chismoso:
—¿Entonces tú y Alejandro vuelven a estar así de cerca?
Elena, todavía colorada, le respondió con un poco de fastidio:
—No pasó nada entre nosotros, no te imagines cosas.
Isabel soltó una carcajada y, cuando logró serenarse un poco, dijo:
—Vi que ya retiraron de internet todos los rumores sobre Alejandro e Isidora. Eso quiere decir que no van a casarse, ¿verdad? Además, la forma en que te miraba hace un momento dejaba muy claro que le gustas. Si me dices que no siente nada por ti, no te voy a creer.
Elena se sentó en el sofá, abrazó un cojín contra su pecho y se quedó en silencio.
Isabel se sentó a su lado y le preguntó:
—¿Te da miedo corresponderle por lo que pueda hacer la señora Vargas?
Elena dudó un momento antes de asentir.
—La última vez que me encontré con la señora Vargas en el hospital, me trató con tanta arrogancia y desprecio que aún no logro olvidarlo.
—¿Y cuál es la actitud de Alejandro? —insistió Isabel.
Elena lo pensó un instante.
—Parece que él no se deja controlar por su mamá. Hoy lo llamó para pedirle que fuera a acompañar a Isidora, pero él la ignoró por completo y hasta le colgó.
A Isabel se le iluminaron los ojos y sonrió de oreja a oreja.
—Él y Diego son como el agua y el aceite. A mi parecer, es mucho más hombre que Diego. Solo piénsalo: Diego nunca tuvo las agallas de decirle que no a su mamá.
Elena hizo memoria. Cuando Beatriz le hacía la vida imposible, Diego rara vez la defendía; al contrario, siempre le pedía que aguantara y le tuviera paciencia a su madre.
Pero Alejandro era muy distinto. No le toleraba ningún capricho absurdo a la señora Vargas. De hecho, cuando alguien lo hacía enfurecer, no dudaba en ponerlo en su lugar.
Isabel siguió animándola:
—Por eso digo que hombres como Alejandro valen oro. Si de verdad sientes algo por él, ¿qué pierdes con intentarlo?

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