—Alejandro, tienes demasiada confianza —dijo Javier, preocupado.
Alejandro pensó en Matías, inmóvil en aquella cama de hospital, y volvió a sentir un peso insoportable por dentro.
—Ya no soy el mismo Alejandro de hace siete años. Si esta vez no puedo proteger a los que quiero, mi puesto como líder del Grupo Vargas sería un mal chiste.
***
En esos días, Elena no había recibido ningún mensaje de Alejandro.
Antes, cuando iba a trabajar, solía encontrárselo en la entrada, pero ahora no se veía por ningún lado.
Al pensar que tal vez estaba en el hospital cuidando a Isidora, sintió un poco de desánimo.
Pero también sabía que Isidora había salvado a la señora Vargas; era lógico y comprensible que Alejandro la cuidara.
Sacudiéndose esos pensamientos de la cabeza, Elena centró toda su atención en el trabajo.
Al mediodía, fue a la cafetería a comer y escuchó a unas compañeras conversando en la mesa de al lado.
—Dicen por ahí que el señor Vargas y la señorita Valverde ya casi se casan. Muy pronto el Grupo Vargas tendrá a su patrona.
—Yo también lo escuché. Dicen que el señor Vargas le mandó a hacer más de diez vestidos de novia que cuestan millones de pesos, compró cinco casas en la Ciudad del Norte y hasta preparó una propuesta con drones. La verdad, suena de lo más romántico.
—Estos días ni siquiera ha venido a la oficina; pasa casi todo el tiempo en el hospital con ella. Quién diría que un adicto al trabajo como él tendría un lado tan atento.
Elena escuchaba los chismes sin cambiar su expresión fría.
Terminó de comer en silencio y se dispuso a salir de la cafetería.
De repente, apareció Adriana y le cerró el paso con una mirada burlona.
—Elena, debes estar muy decepcionada, ¿no? Tanto esfuerzo que hiciste para enredarte con el señor Vargas, y resulta que nunca te tomó en serio. Ahora está a punto de comprometerse con Isidora. Te lo dije desde el principio: una mujer como tú nunca iba a ser alguien a quien tomaran en serio. Si creías que con tu apariencia bastaba para asegurarte el futuro, estabas muy equivocada.
Elena le clavó la mirada en el vientre y soltó con sarcasmo:
—Adriana, ya se te va a empezar a notar la panza, ¿verdad? Me pregunto si, cuando nazca, Diego se atreverá a admitir en mi cara que es el padre. ¿No te da risa? Tú fuiste la que firmó los papeles con Diego, pero tienes que andar a escondidas, peor que si fueras la amante. Mejor ten un poco de lástima por ti misma y por el bebé que esperas.

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