Él era un hombre que sabía separar los negocios de lo personal. Si Laboratorios Bienestar quería colaborar con ellos, tendrían que someterse a una evaluación exhaustiva.
El desarrollo del proyecto ya estaba bastante avanzado, y la idea de que Laboratorios Bienestar quisiera sumarse justo en ese momento no le agradaba en absoluto a Diego.
Sin embargo, como el Grupo Vargas llevaba la batuta del proyecto, no estaba en posición de oponerse.
Al terminar la comida, Andrés tomó la iniciativa de agregar a Elena en WhatsApp y comentó que le gustaría conversar con ella sobre temas profesionales en el futuro.
Elena aceptó con una sonrisa.
Cuando estaba a punto de regresar a la oficina, Diego la interceptó de repente en el pasillo.
—Elena, ¿no te diste cuenta de lo raro que te miraba Andrés hace rato? Definitivamente, este tipo de reuniones sociales no son para ti.
—No vi nada impropio en su manera de mirarme. Usted está imaginando cosas, director Romero —respondió Elena con total frialdad—. Además, no solo habló conmigo; también conversó con Adriana.
Le resultaba profundamente desagradable que él siguiera tratándola como si le perteneciera.
Viendo que ella se ponía a la defensiva, Diego suspiró con impotencia.
—Tú y Adriana no son iguales. Ella es la heredera de la familia Castillo; si otros hombres se interesan en ella, no es con malas intenciones. Pero contigo es diferente: al ver que no tienes a nadie que te respalde, te van a perder el respeto y querrán aprovecharse de ti.
Elena soltó una carcajada sarcástica en su mente.
Ella no tenía idea de si Andrés pensaba de esa manera, pero estaba segurísima de que Diego sí lo hacía.
Precisamente por su origen humilde, él se había atrevido a engañarla y a jugar con sus sentimientos de esa forma.
Esbozó una sonrisa amarga.
—¿Me faltan al respeto porque creen que no tengo quién me defienda? Pues qué fácil de arreglar: solo anuncie nuestra relación públicamente y déme su respaldo. ¿No sería así de sencillo?
Sabía perfectamente que él jamás lo haría, por eso se atrevía a decírselo en la cara.
Diego frunció el ceño.
—Ya habíamos acordado que, por ahora, no lo íbamos a hacer público...
—Entonces no hay nada más que discutir —lo cortó Elena, con una sonrisa fría—. En cuanto a mi renuncia, no voy a hacerle caso. Tengo trabajo que hacer. Con permiso.
Al verla tan terca e inflexible, Diego dejó escapar una risa breve, dominado por la frustración.
Realmente no entendía cómo funcionaban los hombres. Cuando un hombre se encaprichaba con una mujer, jamás la soltaba tan fácilmente.
Por lo visto, tendría que buscar otra manera de convencerla de que renunciara.
Alejandro, que estaba parado a la vuelta de la esquina, alcanzó a escuchar la conversación. Creyó que Elena le estaba exigiendo a Diego que formalizara lo suyo, y su rostro se endureció de inmediato.
¿De verdad seguía tan enamorada de ese hombre?
***



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