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Rechazada por estéril, ahora esposa del magnate más rico romance Capítulo 174

Adriana apretó los puños, consumida por la rabia. No entendía en qué podía ser inferior a Elena ni por qué el director Herrera le había confiado a ella el liderazgo del equipo.

—Haré mi trabajo con toda dedicación. Puede estar tranquilo, director Herrera —le aseguró Elena.

—El director Vargas, el director Romero y yo vamos a continuar con la junta —añadió el director Herrera—. A mediodía vienes y te vas a comer con nosotros.

—De acuerdo —asintió Elena.

Se dio la vuelta y caminó hacia los elevadores.

Adriana la siguió y empezó a tirarle indirectas sarcásticas a su lado:

—¿De verdad crees que eres tan lista? Esos datos que mencionaste hace un momento te los inventaste, ¿verdad?

Elena se giró de golpe, la miró con frialdad y le dio tres bofetadas seguidas.

Adriana se quedó completamente aturdida.

—¡Elena, no me puedo creer que me hayas pegado! —chilló Adriana, fuera de sí por la rabia.

—Claro que te pegué —replicó Elena con una sonrisa fría—. No te hagas la inocente; sé perfectamente que fuiste tú quien borró mis notas y mi presentación.

—¿Y las pruebas? Si no tienes pruebas, no andes levantando falsos.

—Por favor, ¿acaso necesito pruebas para darte una cachetada? —se burló Elena—. De toda la oficina, tú eres la única que siempre anda entrometiéndose. Nadie más sería tan estúpida.

—Ahora mismo voy a decírselo a Diego —soltó Adriana entre dientes.

—Ve, hazlo —la retó Elena con una risa breve—. ¿De verdad crees que no tengo pruebas? Si las muestro, ¿cómo crees que te verá tu adorado Diego? Este proyecto afecta directamente los intereses del Grupo Romero y tú no haces más que cometer errores. ¿De verdad piensas que te quiere tanto como para permitir que arruines su empresa? ¿No temes que termine apartándote de allí?

A Adriana sí le dio miedo que en verdad tuviera pruebas, y se acobardó de inmediato.

Elena soltó un bufido.

—Así me gusta. Más te vale no volver a intentar esos jueguitos infantiles conmigo, porque la próxima vez no te lo voy a perdonar.

Dicho esto, entró al elevador.

Adriana temblaba de coraje, pero no había nada que pudiera hacer en su contra.

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