En ese momento, Sofía se acercó a ella.
Elena ya se había dado cuenta de que no le agradaba, así que no intentó conversar con ella y se limitó a quedarse a un lado.
De repente, Sofía le soltó con tono de fastidio:
—¿Tú eres esa cualquiera que, a pesar de tener marido, anda coqueteando con mi hermano?
Elena frunció el ceño.
Aquella joven tenía una apariencia delicada y encantadora, pero hablaba con una agresividad sorprendente.
Solo porque Alejandro la había ayudado varias veces, decidió no enfrentarse con ella y se dio la vuelta para marcharse.
Cuando Sofía vio que la dejaba hablando sola, se enfureció aún más.
Había crecido entre algodones, acostumbrada a que todo el mundo le hiciera caso. Nunca en su vida la habían ignorado.
Se le fue detrás y la agarró del brazo.
—¿Te quedó el saco y por eso huyes?
Elena, harta de la situación, le contestó:
—Tu hermano y yo ni siquiera somos amigos.
—¡Mentira! —le reclamó Sofía, furiosa—. Siempre estás buscándote el favor de mi abuela y rondando a mi hermano. ¿No lo haces por interés? Quieres aprovecharte de todo; eres una descarada.
Elena no quería hacer un escándalo ni que la gente se les quedara viendo. Sabía que, al final, a la niña rica no le iba a pasar nada y ella iba a quedar como la mala del cuento.
Se zafó del agarre de Sofía y siguió caminando.
Pero Sofía, de necia, se fue detrás de ella.
—¡No huyas! ¡Quédate aquí!
Sofía era algo delicada de salud, casi no iba a eventos y no estaba acostumbrada a usar tacones. Por caminar tan rápido, se torció el tobillo y perdió el equilibrio.
Justo al lado estaba la alberca.
Sofía se fue de lado y cayó directo al agua.
No sabía nadar, así que empezó a manotear, gritando por ayuda.
Elena volteó, la vio en el agua y se aventó sin pensarlo dos veces.
No estaba muy profundo. Agarrándose de las escaleras con una mano y jalando a Sofía con la otra, logró sacarla a la orilla.
Las dos salieron de la alberca. Sofía estaba pálida del susto.
A Elena tampoco le iba mejor.


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