Al verlo con aquella expresión de falsa ternura y devoción, Elena sintió un profundo rechazo.
Él y Adriana estaban siempre juntos, y aun así todavía tenía el descaro de querer coquetearle.
Era un completo cínico.
Por su parte, al notar que los ojos de Diego solo estaban fijos en Elena, Adriana se llenó de resentimiento.
Le lanzó una mirada fulminante a su media hermana, sintiendo una urgencia aún mayor por apoderarse del proyecto del Grupo Valverde. Tenía que aplastarla ese mismo día para demostrarle a Diego, de una vez por todas, quién era la mujer que realmente merecía estar a su lado.
En ese momento, el director Molina se acercó a ellos.
Justo cuando el grupo estaba a punto de ir a saludarlo, las puertas del elevador se abrieron y Alejandro salió acompañado de Isidora.
Todas las miradas se desviaron hacia los dos.
Adriana aprovechó la oportunidad y, alzando la voz a propósito para que Elena la escuchara, comentó:
—El señor Vargas y la señorita Valverde hacen la pareja perfecta. Por eso digo que esos cuentos de hadas de la Cenicienta casándose con el príncipe son puras mentiras. En la vida real, los príncipes solo se quedan con las princesas.
Elena sabía perfectamente que era una pedrada sobre su origen humilde, pero se limitó a sonreír con frialdad y decidió ignorar la provocación.
A Diego no le hizo gracia el comentario y le murmuró en tono de advertencia:
—Ya bájale un poco.
Adriana hizo un berrinche y bufó molesta.
Al escuchar las palabras de Adriana, los directores Santini y Ortega intercambiaron miradas, pensando de manera muy distinta. Si bien era cierto que las clases sociales importaban, siempre había excepciones. Una chica tan hermosa y talentosa como Elena sería una nuera ideal para cualquier familia adinerada.
Lástima que sus propios hijos no tuvieran la edad adecuada, de lo contrario, ya estarían intentando hacerla su consuegra.
Elena supuso que Alejandro e Isidora estaban en una cita, así que no se acercó a saludarlos para no interrumpir.
Cuando el director Molina llegó junto a ellos, Diego, Adriana y los otros dos directores se apresuraron a saludarlo con una gran sonrisa.
Sin embargo, el director Molina les respondió con un simple asentimiento distante. Inmediatamente después, su rostro se iluminó al dirigirse a la otra pareja:
—Señor Vargas, señorita Valverde, qué gusto verlos.
Alejandro asintió a modo de saludo.
Su mirada se desvió hacia el fondo del grupo y, al ver a Elena junto a Diego, una irritación súbita e irracional se apoderó de él.


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