Beatriz habló con un tono lleno de sarcasmo:
—El mundo sí que está al revés. La nuera vive a costa nuestra, gasta nuestro dinero, no ha sido capaz de darle un heredero a la familia y, cuando se le pide algo, todavía pretende imponer condiciones. Qué lista saliste, Elena.
Elena la ignoró por completo, guardó su copia del acuerdo y se preparó para irse.
—Haré lo que pueda con el asunto del proyecto del Grupo Valverde, pero espero que ustedes también cumplan su promesa y dejen en paz a mi tía y a mi abuela.
Una vez que la vio salir, Beatriz se quejó con Lucía:
—¿Por qué le das tantas libertades? Incluso accediste a firmar ese acuerdo. ¿De verdad crees que sería capaz de no ayudar a Diego?
—Mamá, ¿no has notado que Elena ha cambiado mucho últimamente? —dijo Lucía.
Beatriz se quedó pensativa un momento.
—Se ha vuelto más rebelde. Supongo que Diego la tiene muy consentida.
Lucía suspiró al ver que su madre ni siquiera sospechaba de las intenciones que tenía Elena de irse.
Decidió dejarlo así; de todas formas, no tenía caso decírselo a su madre.
Por ahora, Elena seguía siendo útil para la empresa, así que era mejor mantenerla dentro de la familia Romero.
Sin embargo, Lucía tendría que buscar el momento para advertirle a Adriana que dejara de meterse en los asuntos de la compañía, para evitar que siguiera causando problemas. Al no tener la capacidad de Elena, mientras más cosas intentara hacer, más errores cometería.
Elena salió del estudio y regresó al salón de banquetes.
En ese momento, sintió que alguien la observaba.
Al girar la cabeza, se encontró con una mujer joven, de aspecto elegante y muy atractiva.
Cuando la mujer notó que Elena le sostenía la mirada, sus ojos mostraron un destello de arrogancia antes de darse la vuelta y marcharse.
Desde que se había casado con Diego, Elena estaba más que acostumbrada a ese tipo de miradas.
Tanto las tres hermanas de la familia Romero como las chicas de la alta sociedad con las que se juntaban la miraban exactamente igual, juzgándola por su origen humilde.
Pero a Elena le daba igual lo que pensaran de ella.
Sabía perfectamente que solo las personas vacías por dentro sentían la necesidad de pisotear a otros para sentirse superiores.
Una empleada se acercó para avisarle que la Sra. Valverde la estaba buscando.
Elena se dirigió a una de las salas de descanso.
Ahí estaba también la misma mujer joven que la había mirado con tanta arrogancia.
Sra. Valverde las presentó con una sonrisa:
—Elena, ella es mi hija, Isidora. Como son de la misma edad, pensé que sería buena idea que se conocieran.
Fue entonces cuando Elena se enteró de que ella era la hija adoptiva de la señora Valverde.


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