—Sí, gracias.
En ese momento, Beatriz entró acompañada de un par de señoras para saludar.
Como Elena no quería interrumpir la plática, salió del salón de té.
En lugar de ir a buscar a Diego, se dirigió al jardín.
Todo el personal de la casa estaba ocupado ayudando en el salón de banquetes, así que el jardín estaba muy tranquilo.
Se sentó en una de las bancas y le marcó a su abuela.
La anciana se escuchaba de muy buen humor; le dijo que todo estaba bien y le pidió que disfrutara del cumpleaños de su suegra sin preocuparse.
Conversaron un rato más, pero Elena no quiso quitarle tiempo de descanso y colgó.
Estaba a punto de ir a la cocina por un vaso de agua cuando, de pronto, un hombre la tomó de la muñeca.
Ella frunció el ceño y lo miró con molestia.
El tipo vestía un traje blanco bastante caro; era joven y tenía una sonrisa cínica en el rostro.
—¿De qué familia eres? ¿Tienes novio?
Elena endureció la mirada.
—Suéltame. Soy la esposa de Diego Romero.
El hombre la soltó, un poco decepcionado.
—Ah, la esposa de Diego. Qué lástima.
Sin perder su tono descarado, añadió:
—Soy Sebastián Valverde. Supongo que has oído hablar de mí, ¿no?
Hasta ese momento, Elena cayó en la cuenta de que se trataba del hijo adoptivo de la señora Valverde.
—Ah, conque eres tú.
Sebastián reparó en su atractivo y, sin molestarse en disimular, se acercó con descaro.
—Si alguna vez tienes ganas de una aventura fuera del matrimonio, puedes buscarme. Soy muy discreto.
Elena pensó que era un completo sinvergüenza.
No podía entender cómo una mujer tan refinada y elegante como la señora Valverde había terminado adoptando a un hombre así.
Al ver que ella se daba la vuelta para irse, Sebastián le cerró el paso.
—¿Por qué no me pasas tu WhatsApp?

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